A la doctora Mónica Leyva no la conocía como a ninguno de los más de 100 pasajeros y tripulantes que perdieron la vida en el siniestro del avión en las cercanías del aeropuerto José Martí, de La Habana. Tampoco a su pequeña y linda hija Alexia.
Solo sé que Mónica era médica y hay muchas versiones sobre su viaje, aunque al final eso no es importante, porque lo cierto es que murió, imagino abrazada a su pequeña, para tratar de protegerla.
Tampoco hace falta conocer a ninguno para sentir un dolor profundo, una tristeza que te cala hasta los huesos por cada una de las vidas segadas por el absurdo. Y no soy el único. Millones de cubanos lloran hoy las vidas que se apagaron, incluso, muchas personas de buena voluntad del mundo se unen a nuestro dolor en un momento terrible, que prueba a la gente en lo que a altruismo se refiere.
Mónica y su hija ya no están físicamente. Solo sus imágenes recorren las redes sociales para entristecer más a quienes las observan, bellas, felices, dueñas del mundo que ahora les acaba de dar la espalda porque las casualidades existen, pero sus rostros no serán olvidados jamás por quienes las conocieron por fotos en tan terribles circunstancias.
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sábado, 19 de mayo de 2018
domingo, 13 de mayo de 2018
Cachita, mi madre
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| Cachita, un poco más joven. |
Mi madre era
quisquillosa en extremo, primero con mi otro hermano varón, con quien vivía
fajado y ella siempre en el medio con el cinto en la mano repartiendo justicia.
Después vinieron las dos hembras, pero ella siempre se concentraba en nosotros
que éramos los más recalcitrantes.
Otro recuerdo
nítido es cuando yo estaba en la primaria y era extremadamente remolón para
levantarme e ir hacia la escuela. Mi madre me llamaba y me dejaba sentado en la
cama y se iba a seguir en sus trajines del desayuno y los preparativos del
uniforme y las demás cosas, y cuando regresaba yo dormía plácidamente otra vez.
Entonces se iba
nuevamente a la cocina y volvía con un jarro de agua y me lo echaba en el rostro,
en una técnica que se repetía todos los días y ya no había forma de seguir en
la cama.
También recuerdo
cuando yo iba a alguna actividad de los pioneros, cuando ella me preparaba
merienda para la jornada, y a mí no se me podía caer ni un pedacito de pan,
nada, porque aquella merienda venía de las manos de mi madre que con tanto amor
me la preparaba.
Claro que recuerdo
cosas horribles para mí, porque ella tenía la costumbre de cuando me portaba
mal encerrarme en el último cuarto de la casa que cuando se cerraba la puerta
era una boca de lobo por la oscuridad, y ahí sí mis gritos se escuchaban en
toda la cuadra. Aquel era el peor castigo, el culpable de que creciera con miedo a
la oscuridad al extremo de dormir con la luz encendida, y hasta hoy el miedo a
las luces apagadas no lo he superado del todo.
Después que
crecimos ya las cosas cambiaron en métodos y enseñanzas, pero gracias a su
forma de educar hoy sus hijos somos honrados y honestos, algo que
indiscutiblemente se lo debemos a ella y a mi padre, pero sobre todo a ella,
que en eso de guiarnos era –es- la protagonista principal de nuestra historia.

