Llueve a cántaro en Las Tunas y su
figura –bella por demás- danza bajo el agua con la música de las gotas en el
suelo. Viene y va y se aleja, para después acercarse, lentamente, con su pelo
chorreando la lluvia que la bendice. Y ríe como ella solo sabe hacerlo, y me
mira con esos ojos negros que estremecen los cimientos de la propia existencia.
Y entonces, como para que no pueda olvidarla nunca, me da su mano y el beso
medieval se confunde con su vida y con la lluvia, ya para siempre.

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