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martes, 14 de abril de 2020


Tiene 78 años pero está como un trinquete, le dice al amigo que lo saluda en la calle y le advierte que debe estar en su casa. Sigue su camino firme, con un nasobuso verde que contrasta con su pelo lleno de canas.

Llega hasta cerca de las puertas del mercado y un policía lo saluda de manera cortés. ¿A dónde usted va mi abuelo? ¡¿Yo?! Al mercado a ver por cuál número va la cola para comprar el pollo y el aceite. ¿Y usted no tiene quien haga eso por usted?, le responde el policía. Bueno sí -dice un poco turbado el abuelo-, lo que pasa es que no aguanto estar en la casa. Pero tiene que estar, le dice el oficial del orden y el abuelo mira incrédulo a su interlocutor y busca a su alrededor a alguien que se asemeje a él pero nada, ni un adulto mayor a varios metros a la redonda.

Entonces ¿tengo que encuevarme en la casa?, dice medio molesto y el oficial lo mira fijo y le dice: claro, abuelo, eso es para cuidarlo. ¿Usted no sabe que estamos en medio de una enfermedad muy peligrosa? Sí, claro, eso lo sé –responde el abuelo- pero mire oficial yo soy un trinquete, no padezco de nada y además no ando dándole la mano a nadie ni na' de eso. No importa, le responde el oficial, lo mejor es que vaya para su casa, allí es donde va a estar seguro.

Está bien, está bien, se responde casi a sí mismo sin mirar al oficial de policía. Da la vuelta y sale a paso doble hacia su casa, murmurando palabras, peleando vaya usted a saber con quién, porque aquí ya no se puede ni salir, dice y sigue peleando mientras camina a paso firme hacia su lugar seguro, porque #QuédateEnCasa no es una consigna, es en estos momentos la única verdad ante el letal enemigo invisible.




viernes, 22 de junio de 2012

¿Qué no haría un hijo (a) por un padre? ¿Y que no haría un padre por un hijo (a)?

Estas preguntas me rondan la mente cuando leo en el blog de mi amigo Juan Morales Agüero una carta a él de su pequeña Sofía, por el Día de los padres. en la que  retrata desde la altura de sus siete años a su progenitor, que pasa largas horas con ella y su hermana Betica, en el difícil arte de educar a nuestros pequeños.

Y a mí me ha parecido algo similar con mis muchachos, cuando mi pequeño José Alberto, que estudia Medicina con sus 21 años a cuesta, me ha entregado un pantalón de regalo en nombre de él, su hermano Maikel y su madre (y mi esposa María), y una tarjeta con esta dedicatoria: “¡Felicidades, papito! Por guiarnos en nuestro quehacer de cada día, por querernos como nosotros te queremos a ti, por ser el amapolón que embellece nuestras vidas”.

Por supuesto que eso de “amapolón” me hizo reír de buena gana, porque en su imaginación y en su ocurrencia me comparó con una amapola macho, esa planta papaverácea silvestre de flores rojas muy frecuente en campos de cereales y en Cuba, y fue como para evitar compararme con una rosa u otra flor más femenina, pienso yo, y porque él siempre trata de darle un toque gracioso a las cosas.

El hecho es que la vida compensa a los padres con sus progenitores y con sus hijos. Y es muy cierto que quien es buen hijo es buen padre, y auguro que mis hijos serán buenos padres porque han crecido con el buen ejemplo mío (excelente padre aunque parezca petulante), de su abuelo materno, Timbo, ausente tempranamente pero siempre con nosotros, y de mi viejo, ya casi con 80 años pero firme ahí, con sus cuatro retoños.

Nada, que padres e hijos, hijos y padres, siempre andan juntos, para el bien de la familia.



Desde mi orilla

Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.

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