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lunes, 17 de mayo de 2021

 


A Luis Sexto lo conozco desde que comencé en el periodismo, allá por los años 80 del pasado siglo. En aquel entonces, aunque nunca lo había visto personalmente, me llamaba la atención la brillantez de su escritura, y la forma en que llevaba al lector hasta donde él quería, pero había algo que me disgustaba en sus textos, a lo cual nunca le encontré explicación.

La explicación quizás estaba en que en mis comienzos lo encontraba demasiado brillante al compararlo conmigo, o en que mostraba cierto aire de vanidad cuando escribía, o en que creía que se las sabía todas en la profesión, o...

Sabía por quienes lo conocían de cerca y por los más viejos colegas, que era uno de los periodistas más querido y odiado al mismo tiempo, lo que le daba cierto aire de misticismo, porque como dice mi amigo Machado Conte, lo importante es que de uno hablen, mal o bien, pero que hablen, porque la indiferencia es decepcionante.

Así pasó el tiempo, y un día cualquiera de 2003, cuando cursaba un Diplomado en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí, en La Habana, Sexto era el profesor de Periodismo literario, y como yo andaba con mis prejuicios infundados y de causas desconocidas, pues no miraba bien a aquel hombrecito de tamaño, que hablaba demasiado bien del tema, y en una fría mañana, aproveché un análisis suyo sobre un reportaje de una colega dominicana en el que se evaluaba la narración para mostrarle mi desacuerdo con su análisis, un poco porque en verdad no compartía su criterio y un poco para encarar su probado talento dentro del gremio.

Sé, (por lo menos es lo que percibí) que a él no le cayó muy bien aquella discusión profesional, y a partir de ahí nuestro trato era distanciado -en mi apreciación, claro- durante toda la semana que duró su curso. Mas a mí lo que más me importaba era haber rebatido la opinión a uno de los grandes del periodismo, lo cual después consideré como una chiquillada llena de superficialidad.

Después, otro día cualquiera Sexto vino a la ciudad de Las Tunas, a presentar un texto que acababa de escribir, y lo entrevisté para un programa radial que hago los domingos, y cuyo título es Atrapando Espacios, y cuando terminé, pasé de forma irremediable al bando de los que lo quieren, porque me di cuenta en poco más de 30 minutos de conversación, de que en verdad estaba en presencia de uno de los grandes de las letras cubanas.

Y después, cuando ganó en buena y difícil competencia el Premio Nacional de Periodismo José Martí, por la obra de toda la vida, pues me sentí reconfortado, feliz y satisfecho por esa justicia y me uno a quienes se inclinan ante este monarca de las letras, al que hoy cuento entre mis amigos.


domingo, 2 de mayo de 2021

 


Miguel López Montes me mira con cierto asombro mientras su agilidad mental se apodera del momento. No había pensado en eso, me espeta con su acostumbrada calma y sonríe pícaramente, para volver decir con toda la naturalidad del mundo: “Pero pensándolo bien yo creo que fue Elvis Presley quien copió la moña de mí”. Y vuelve a reír de buena gana, ante su respuesta o ante mi ocurrencia de afirmarle que se peina al estilo del Rey del Rock and roll.


Flaco, alto, parsimonioso, bien educado, son características físicas y psicológicas que avalan a este hombre que ahora se sienta frente a mí, para darme el privilegio –único por demás- de entrevistarlo por segunda vez en su vida, ante la noticia que corre por toda Cuba: por su brillante obra en su profesión el Instituto Cubano de Radio y Televisión le ha conferido el título de Artista De Mérito de la Radio y la Televisión cubanas.

Y entonces no me sustraigo a la tentación de dialogar con este hombre que es una leyenda viva en la radio en Cuba, que por más de 50 años ha entrado cada día en los hogares de Camagüey primero y de Las Tunas después, donde echó ancla un buen día de 1962 para formar parte inseparable de este pueblo, acostumbrado a escucharlo en el programa campesino o en los “mexicanos”, como espacios que lo han marcado a él y a miles de oyentes de este territorio.

- Vamos a empezar por aquella escuela católica de Camagüey, cuando comenzaste a dar los primeros pasos en la locución, o los segundos pasos.

- Yo desde muchacho aprendí a leer bien, entonces los curas me escogían para darle el nombre del claustro de profesores y el nombre de los alumnos a los visitantes de la escuela, curas que venían de otros países. Yo tuve la posibilidad de presentar a Los Chavales de España, que estaban de gira por Camagüey, a un personaje llamado Carlos Prío Socarrás, a Miguel Alfonso Pozo (Clavelito), un poeta que se convirtió en adivinador.

- Cuando aquello tenías unos 11 años

- Sí.

- ¿Y el Padre Chagui qué papel desempeñó en esa historia?

- ¡Ahhh! El Padre Chagui era el párroco de la iglesia de La Caridad y tenía un programa en Radio Camagüey y a mí me llamaba la atención aquello, y yo hablé con él. Le dije, oiga padre, cuando usted necesite una persona que le ayude allí yo estoy en la mejor disposición. (Ríe a carcajadas).

- Como anunciándote.

- Sí, como ya estaba en la escuela me llevó y todos los domingos hacíamos el programa.

- De esa escuela saliste graduado como mecánico automotor.

- Mecánico automotor sí. Estuve dos años en torno y después como mecánico automotor.

- Y cómo es eso de que querías ser psiquiatra.

- Sí no sé, me gustaba la locución y me gustaba la psiquiatría. Hoy podía ser el doctor López Montes… (Vuelve a reír). Pero qué sucede, que yo estaba un poco indeciso porque me gustaba la locución y en una oportunidad el viejo mío me dijo: bueno muchachito ¿qué vas a ser, psiquiatra o locutor? Y yo dije, me voy para la locución.

- Pero la locución viene de mucho más atrás… Dicen que te ponías como un loco en el patio con dos latitas conectadas a un hilo…

- Ah sí, te voy a explicar (Ríe de buena gana). El viejo mío tenía una finca y entonces yo en las vacaciones y en los momentos después del estudio, porque tenía que rendirle al viejo sobre el estudio, cogía un palo y lo pintaba de aluminio, y preparaba una latita preferentemente del talco Mabis, le hacía unos hoyitos, la ponía en el palito con un supuesto cable y cogía periódicos, revistas y me ponía a leer allí pa pa pa, y ahora vamos a ofrecer un boletín de noticias pa pa pa, y la vieja me miraba por la ventana: “muchaaaaaacho ven para acá”, y yo seguía allí. Me acuerdo que un día llega el viejo mío a la casa y le dice a la vieja: 0ye ven acá (yo estaba oyendo ¿no?), mira a ver con este muchacho porque se pasa el día leyendo cosas allí frente a una lata y se va a debilitar (ríe a carcajadas), y yo haciendo locución en lo que para mí era una radio base…

- Definitivamente después que sales del colegio religioso ya te dedicas a la locución, ¿no?

- Sí en el año 1959 yo…

- No, antes de 1059, en aquella emisora CMJK, La voz del camagüeyano…

- Ah sí, la CMJK.

- Allí empiezas a hacer tus primeros pasos en serio en la locución.

- Sí, porque el dueño de la emisora, Don Pancho, era amigo de mi papá, quien habló con él y le dijo mira, este muchacho se inclina por la locución, mira a ver qué tu puedes hacer con él allí… porque yo iba mucho cuando muchacho a la emisora y disfrutaba mejor ver aquellos micrófonos 44, y ver trabajar a los locutores y operadores que ir a un cine… Allí hice de todo; comencé de recepcionista, después cobrando anuncios comerciales, y Don Pancho me ponía a dar la hora y en algún que otro programita musical y me fui metiendo en ese mundo porque lo hacía bien, hasta que en 1959 me evalúo como locutor profesional.

- En aquel tiempo trabajaste en la cadena Partagás, en CMJA de Valdés Jiménez, en la Doble U… ¿cuál de aquellas emisoras te marcó más?

- La CMJK

- ¿Y por qué?

- Bueno pues primeramente porque empecé allí, mi voz salió al aire por primera vez por esa emisora, y fue mi primera experiencia en la profesión.

- Y allí hacías algunos anuncios…

- Allí se hacía de todo.

- A ver dime algunos de aquellos anuncios…

- Dime tú…yo no tengo el texto de esos anuncios…

- De alguno que te acuerdes…

- Bueno mira, de los que se hacían en vivo, había uno que decía (pone voz de locutor y habla como si estuviera frente al micrófono): Amigo fumador, si fuma por echar humo, ¡ahhh! fume cualquiera, ahora, si fuma por deleite, ¡ahhh! si fuma por deleite… fume Brisuelas, el mejor tabaco camagüeyano.

- Dime otro, dime otro…

- ¿Quiere usted vestir bien?... Muy fácil… Visite El Globo, templo de la moda en Maceo 72, saldrá complacido…

- ¿Siempre fuiste flaco López?

- Sí, siempre.

- ¿Y siempre te has peinado con esa moña?

- Toda la vida…

- Vamos a hablar un poco de tu llegada a Las Tunas, año 1962, por allá… ¿por qué?

- En el año 1962 yo estuve en Guáimaro, entonces se iba a fundar allí Radio Rectángulo. Yo cuando aquello tenía una máquina, y fui allí, pregunté el último en la cola, y pan, me senté a esperar. Cuando me tocó el turno, veo un señor llamado Pepe Gallegos, que era el presidente de los locutores en Camagüey. Y me ve y ah qué tal cómo andas, y nos saludamos muy contentos, y bueno ¿en qué tú andas? me pregunta. Bueno chico, me dijeron que venía un hombre de Camagüey a ubicar, y me dice, no no, compadre, yo aquí lo que tengo son plazas de tractoristas y otras cosas del campo, por qué no vas a Tunas, que es cerca y allá sí hacen faltan locutores… Y al otro día cojo la máquina y vengo para acá y parqueo por el Centro Médico…

- ¿Dónde era eso?

- Eso era… de la fuente de las Antillas un poquito para acá, y muy cerca estaba el edificio donde se encontraba Radio Circuito. Llegué allí y me identifiqué con la recepcionista que era Ancy Cordero y me dice el administrador viene a eso de las 3:00 de la tarde. Me senté y al rato yo veo a aquel hombre grandón que viene y yo digo caballeros, qué hombre más alto este, y era Rafael Urbino. No había plaza en ese momento pero a los pocos días volví y me puso un turno los domingos por la mañana, pero no fijo. Yo tenía que oír en el transcurso de la semana el programa del órgano, que lo hacía Cofresí, y teníamos una contraseña: si Cofresí decía y un saludo allá en Palo Seco al León López Montes, pues tenía que trabajar el domingo y venía.

- En aquel entonces todo se hacía en vivo y hay muchas anécdotas de la época. ¿Cómo es eso de un perro que entró una vez a la cabina de locución?

- Ah, sí. El aire acondicionado estaba roto: Eran las 6:00 de la tarde y estábamos dando el noticiero Oraldo Solís y yo, y con el rabillo del ojo veo una cosa negra que entra, pan pan pan, y cuando acabo de leer la parte mía y empieza Oraldo veo aquel perro, y todos estábamos algo nerviosos y allí mismo se acabó el noticiero. El tipo entró como perro por su casa.

- El programa campesino te ha marcado para toda la vida…

- Sí, seguro, llevo muchos años haciéndolo.

- ¿Y Ecos de México? Por ese programa creo que la gente te identifica más…

- Puede ser, sí, Ecos de México se llamaba antes México canta, y un día desapareció, pero después Urbino lo volvió a poner con el nombre de Ecos de México, y él lo hacía. Y un buen día estoy yo sentado en la emisora y viene Oscar Herrera y me dice: López hace falta que vengas un momento a la reunión del núcleo del Partido. Y voy para allá, pero pensando ¿qué habré hecho yo? (Ríe) Y entonces me dicen: Mira, Urbino va a salir de vacaciones pero no puede porque tiene que hacer el programa mexicano y dice que si tú lo haces él sí puede salir, porque para él tú eres el único que lo puedes sustituir, y me quedé con el programa definitivamente.

- Entonces has ido creciendo con estos dos programas.

- No, cuando comencé con estos programas ya tenía seis pies de estatura (vuelve a reír).

- ¿Qué es lo mejor que te ha pasado en la radio?

- Bueno chico ha significado la propia vida, han pasado tantas cosas, y muchas agradables, y este premio ha sido el principal que he alcanzado. Es mi vida dedicada a la radio.

(Nota: Miguel López Montes falleció en 2015).


domingo, 23 de agosto de 2020

 Elmer Almaguer Paneque posa su pícara mirada sobre mí al tiempo que la comisura de sus labios dibuja una sonrisa. Sobre sus piernas un nieto y una bisnieta rubios de ojos azules, bellos, se empeñan en no dejarlo tranquilo.

¿¡Ah?! Pero no te acuerdas bien, me espeta y me recuerda: “Segura casi nos mata y tuvimos que cambiar completamente la primera página del periódico”.

Y en verdad no recuerdo los detalles de una de las anécdotas más emblemáticas de Elmer y mía cuando estábamos de cierre juntos en el entonces diario 26, a finales de la década del 80 del pasado siglo y siempre tratábamos de imponer nuestra posición diferente en la forma de utilizar el color rojo con mayor cordura, pero sobre todo, sustentados en los conocimientos que teníamos del diseño y huyendo quizás demasiado de la norma que existía, muy generalizada, del uso del rojo de forma indiscriminada.

Cada vez que estábamos de cierre Elmer me decía “hoy rojo solo el machón”, en forma de broma, pero como para dejar sentado que lo utilizaríamos adecuadamente, y ese día quizás se nos fue la mano de acuerdo con los conceptos de los demás colegas del Consejo de Dirección, a quienes les encantaba el rojo, y todos los titulares de ese día lo utilizábamos en negro, pero basados en la sobriedad y un estilo que había que reconocer por los demás elementos gráficos usados, y un equilibrio evidente de los cuatro cuadrantes de la comunicación visual.

Así, ya con la primera diseñada, mirábamos con agrado nuestra obra, convencidos de que habíamos logrado algo diferente y bien pensado, y comentábamos el impacto que causaría la circulación de aquella edición del diario 26, cuando llegó Ramiro Segura, el director, a echarle un vistazo a la cara del medio.

- ¿Quién se murió? –preguntó Segura con cara de pocos amigos.

- ¿Cómo que quién se murió? –respondí.

- Sí, porque si la primera solo tiene rojo el machón es porque estamos de luto o ha pasado algo.

- No, Ramiro, es un estilo que se usa en el mundo –traté de explicar, pero el Director me paró en seco.

- En el mundo puede ser, pero aquí no.

- El problema es que nos avisaron que debíamos ahorrar el rojo porque no hay tinta –se atrevió a bromear Elmer con su cara muy lúcida y la ironía que siempre lo ha caracterizado.

- Elmer, esto es serio –volvió a decir Segura-. Ahora mismo me vuelven a hacer la primera plana y sin inventos –sentenció el director y nosotros tuvimos que recomenzar con nuestra labor, con formato y diseño nuevo, cargado de rojo.

Cuando Segura se marchó, Elmer me dijo: “ahora vamos a poner en rojo hasta las fotos”.

La anécdota corrió de boca en boca y los jodedores no cesaban de meterse con nosotros y cuando nos veían juntos comenzaban con los más diversos chistes desde que cambiáramos el color del machón hasta las más inesperadas bromas.

Elmer siempre fue –es- un tipo mente rápida para captar y trasmitir ideas. Aun cuando alguien pensaba que él estaba inmerso en sus formatos y diseños tenía el don de estar atento a todo lo que se conversaba y pasaba a su alrededor, y al menor descuido metía su “cuchareta” y se desembarcaba con frases y pensamientos únicos, emblemáticos, como aquella cuando Pancho Valdés, uno de los correctores trataba de justificar un error en un texto del reportero Juan Morales Agüero, en el que Pancho había “rectificado” Carrillón por el Carillón original y correcto escrito por Morales, y cuando Valdés ya apenado le confesaba a su interlocutor que había tratado de corregir un error, Elmer, sentado tranquilamente ante uno de los formatos de una página le espetó a la cara: “es decir, Pancho, que trataste de corregir y lo que hiciste fue cagarla”.

Más de 30 años dedicó Elmer al periódico 26, desde que dejó de ser fundidor en varias industrias para convertirse en formatista del diario, como alumno de Antonio Morales en sus inicios, y como profesor después de todos los que se acercaban a la especialidad en la que dejó una bella hoja de servicios.

Hoy, más viejo y jubilado, con nietos y biznietos sobre sus piernas, sigue siendo un lujo hablar con él, sobre todo para recordar y reírse con las mil anécdotas del emblemático diario 26 convertido después en semanario, de las cuales fue protagonista en un alto porcentaje junto al colectivo, pero sobre todo para comprobar que a pesar de los años él sigue siendo Elmer mente rápida.




domingo, 8 de julio de 2018



No sé a ciencia cierta el porqué Enrique José Villegas se auto nombra El Perro. Ni lo sé, ni quiero preguntárselo para saldar mi duda. Prefiero mantener mi idea vaga sobre eso, porque a fin de cuentas el Ville, como le decimos amigos y colegas es una de las mejores personas que he conocido en mis años por este convulso mundo.

Recuerdo cuando yo trabajaba en el diario 26, en la calle Colón 157, justamente donde se encuentra hoy la emisora provincial Radio Victoria, que para aquel entonces (años 80 del pasado siglo), estaba en la calle Francisco Varona, frente a la emblemática Plaza Martiana.

En el periódico teníamos un comedor donde se vendían suculentas meriendas, y el Ville y sus colegas, que no tenían la posibilidad en su emisora, todos los días llegaban hasta 26 para saciar sus ansias de comer, y entonces él, gordo, comilón y paradigmático, se paraba en la puerta de la cafetería y decía: “¡llegamos a la abundancia!”, y engullía de todo lo que había, que no era poco, incluida una decena de bolas de helado de chocolate.

Ese es el primer recuerdo que tengo del Ville, aunque por supuesto, con la certeza de que era uno de los mejores reporteros de Radio Victoria, siempre con el criterio en el disparador, para analizar cualquier problema que afectara al pueblo, una práctica que ha cumplido rigurosamente hasta hoy, en su posición de redactor a cargo, entre otras muchas tareas, de las quejas de la población.

Ya cuando llegué de novato a la radio, en los primeros años de la década del 90, me acerqué a él y a Oscarito Herrera para evacuar mis dudas, darles mis textos para que los corrigieran y pedirles consejos constantemente con el objetivo de adentrarme en tierra firme en el fascinante y difícil mundo de ese medio de comunicación masiva, que te atrapa una vez que llegas a él.

El Ville para todos y El Perro para él mismo, es un tipo carismático, aunque mi colega Ada Cristina Higuera Tur, directora del noticiero Impacto, del cual Villegas es el redactor, dice que es un mal necesario, por la sencilla razón de que siempre está buscándole las cuatro patas al gato, protestando, peleando, ocupado hasta del más mínimo detalle del Departamento Informativo, claro, para que se pueda trabajar mejor; pero aun en esas ocupaciones, está al tanto de lo que le hace falta a Ada desde el punto de vista personal, le busca agua y cualquier cosa que necesite para que se sienta feliz frente a su guión del noticiero.

Villegas y yo siempre hemos sido amigos, aunque constantemente estamos discutiendo por problemas de trabajo, aunque me haya bloqueado de su perfil de twitter para que no sepa nada de él en esa red social -«porque me echa palante con los jefes»-, aunque esté en desacuerdo con algunos de mis planteamientos, a los que él considera absolutos, porque «yo me creo el dueño de la verdad». Y ya cuando la discusión no tiene arreglo me espeta a la cara: «ganaste, yo no discuto con las niñas».

En materia profesional, el Ville es uno de los mejores periodistas que he conocido en mi bregar por esta profesión. Obsesivo con un tema determinado, atento siempre a lo que anda mal y afecta a la sociedad, incisivo en el manejo de las yuxtaposiciones, exquisito en la búsqueda y ubicación de las informaciones de mediana y alta intensidad para captar la atención del oyente, líder de opinión en la red social Twitter, maestro en lo que a un noticiero se refiere (él fue el creador de Impacto, «como un disparo», según su criterio), él es uno de los imprescindibles en cualquier redacción radial porque rinde por cinco, tanto en lo profesional como en lo personal.

De ahí que sus colegas todos estuvimos en vilo cuando hace ya algunos años fue operado del corazón en La Habana, y todos nos alegramos el día de su regreso triunfal porque no ha cambiado en nada su ritmo de trabajo y en su forma de ser, y en verdad su tratamiento de por vida solo lo molesta cuando ve algo de comer que él no puede ingerir por prescripción médica, y entre lastimoso y gracioso huele y dice: «qué rico», y se aleja a toda prisa de lo prohibido.

Por ser tan quisquilloso, a cualquier hora y cualquier día (incluyendo los domingos) el Ville llama a los jefes por teléfono a su casa porque algo anda mal en la Redacción. Y entonces el clamor es generalizado entre los directivos: «¿Y Villegas no piensa jubilarse?».

Mas, en el fondo, ellos y todos sabemos que el día que eso suceda quedará un vacío muy difícil de llenar en la Redacción informativa, porque redactores-reporteros como él no abundan al doblar de la esquina, por su experiencia, sus conocimientos, sus deseos continuos de que todo salga bien, por sus ansias de perfeccionamiento y, sobre todo, por su altruismo sin límites y su preocupación constante por los demás.

Nota: Villegas falleció hoy 8 de julio de 2018. La noticia me estremeció aunque era esperada, pero yo guardaba la esperanza de que saliera de este mal momento y viviera por unos años más. Pero no, era cierta y escalofriante. 
Hace solo unas horas fui a verlo en una cama de terapia intermedia del hospital Ernesto Guevara, de la ciudad de Las Tunas, y lo primero que me dijo fue a manera de sentencia: «Todos son unos pajarones, no me dieron la ADSL», en referencia a las líneas dedicadas para Internet. Mas, como ahora no estoy en condiciones de escribir, pongo a consideración de los usuarios una crónica que le hice hace unos años al Ville, publicada en Ecotunero, el sitio de los periodistas de Las Tunas, como mi sencillo homenaje al amigo que se va, porque creo que en ella retrato un poco a esa personalidad que nunca olvidaremos familiares, amigos y colegas.


martes, 13 de agosto de 2013



Abel Peña Labrada es un hombre feliz. Lo dice y su rostro se ilumina por una amplia sonrisa y sus ojos bordeados por los años viajan en el tiempo y hacen un recorrido fugaz de lo que ha sido su vida, y se detienen en aquel muchacho flaco que vendía flores y frutas de todo tipo para buscar el sustento suyo y de sus hermanos.

El pregonar por las calles de su añejo Puerto Padre, era uno de sus momentos favoritos, que le permitían alegrar la vida de muchas personas y de su propia adolescencia, enmarcada en las razones de la espera para poder comer, mientras alternaba el cepillo que pasaba raudo 10, 20, 100 veces por los más disímiles calzados hasta que lograra ver su cabeza despeinada y borrosa en el cuero brillante de los zapatos que lustraba.

domingo, 21 de julio de 2013



Yenima, en los cerros de Petare, en Venezuela, donde se encuentra como enviada especial de la Radio Cubana.
Cuando conocí a Yenima Díaz Velázquez ella acababa de egresar de la Universidad de Oriente como licenciada en Periodismo, y se iniciaba como profesional en Radio Victoria, donde ya yo había tirado el ancla un año antes, allá por el ya lejano 1994.

Recuerdo que venía con esas ansias de comerse el mundo que trae consigo todo graduado universitario, para quien no existen metas difíciles y siempre tiene una mirada diferente, renovadora, ante la manera de hacer de uno u otro medio, lo que siempre es bueno para los colectivos porque reciben una inyección de juventud, de nuevas fuerzas.

sábado, 6 de julio de 2013



Róger Aguilera, en la redacción de la Corresponsalía de la Agencia Cubana de Noticias. (Tiempo21 Fotos /Angeluis)
El día que lo vimos por primera vez nos quedamos mirándolo fijamente, mientras él precisaba algo en el Departamento de corrección del Periódico Sierra Maestra, de Santiago de Cuba. “Ese es Róger, el periodista de Las Tunas”, me dijo Alexis Peña, mi amigo y compañero de estudios.

Recuerdo que lo miramos con admiración y respeto, porque era nada más y nada menos que un periodista oriundo de Las Tunas, cuando este territorio todavía no era provincia, allá por los primeros años de la década del 70 del pasado siglo. Pero además, porque habíamos oído hablar de él por parte de Gallo (Rossano Zamora Paadín), considerado el Padre del periodismo tunero después de la Revolución, que en aquel momento se desempeñaba como funcionario de la esfera ideológica del Partido Comunista en la región, y era quien había enviado a un grupo de jóvenes a estudiar Artes Gráficas a la entonces capital de la provincia de Oriente, con vistas a abrir un periódico diario en la futura provincia de Las Tunas.

Como Alexis y yo estudiábamos Fotograbado, cuyo departamento pertenecía al taller y Róger estaba en la Redacción central, casi no nos veíamos, pero siempre que nos encontrábamos nos saludábamos de manera amable, por ser coterráneos.

Y así pasó el tiempo.

En 1978, cuando se funda el diario 26, en la provincia de Las Tunas, a Alexis y a mí, que ya nos habíamos graduado de Fotograbado y trabajábamos como profesores de secundaria básica, nos mandan a buscar para el Departamento de Fotograbado, y así comenzamos nuevamente en los avatares de un periódico, pero esta vez como profesionales y no como estudiantes.

Por ese entonces Róger Aguilera Morales, El Árabe para los amigos más cercanos, ya había regresado a la naciente provincia y trabajaba como corresponsal de Juventud Rebelde en Las Tunas. Después va para el Servicio Militar y al egresar del ejército comienza a desempeñarse como corresponsal de la Agencia Cubana de Noticias (ACN) en la provincia, aunque en el servicio no se desvinculó del Periodismo y laboraba para una revista militar.

En esa etapa, Alberto Rodríguez era el corresponsal jefe de la ACN, y junto a Róger, Antonio Paneque, Ricardo Varela, Beltrán, Lobón, Luis Manuel Quesada, Florencio Lugones, Gallo, entre otros que laboraban en los diferentes medios, integraban la generación que marcaba el paso profesional de aquel grupo de periodistas que edificaron los cimientos de los órganos de prensa hasta la actualidad.

Ya por ese tiempo las relaciones entre Róger y yo comenzaron a estrecharse por ser colegas, y nació una amistad entre nosotros que nos llevaba a compartir no solo la profesión, sino parte de la vida social. Salíamos a divertirnos con mujeres, con amigos, como jóvenes al fin, que cada día nos levantábamos con ganas de comernos el mundo.

Así, un día le dieron la tarea de desempeñarse como el funcionario que atendía a la prensa en el Departamento Ideológico del Partido, misión que  cumplió con profesionalidad, y cuando terminó ingresó al Periódico 26 y fue mi jefe de Información, y me enseñaba todo cuánto sabía desde su posición de velar por la calidad, el enfoque, la intención del mensaje, y yo, como buen alumno, aprendía todo cuánto me trasmitía.

Otro día de 1998, al fallecer repentinamente Ricardo Varela, a Róger le dan la tarea de ser el corresponsal jefe de la ACN, y el Periódico se sintió la ausencia de uno de los principales elementos de su columna vertebral, y desde entonces ha estado al frente de la Corresponsalía, y aunque se dice muy fácil y rápidamente, en estos 15 años él ha marcado un territorio importante dentro del Periodismo en Las Tunas, por la profundidad en sus análisis, por sus opiniones atinadas, por su visión, por su calidad como profesional, que también lo llevan a cargos colaterales importantes dentro de la Unión de Periodistas de Cuba, como Asesor de la Presidencia y Presidente de la Comisión provincial de Ética.

Y por eso hoy, un día cualquiera, de la manera más sencilla, le quiero rendir merecido homenaje a una parte pequeña de la vida y la obra de este hombre, que prácticamente echó los dientes en el Periodismo, siempre con su mirada aguda, su análisis fino, su consejo sano, su mano amiga; porque periodistas como Róger no se encuentran al doblar de la esquina, y se ubican en el grupo de los imprescindibles en esta difícil y controvertida profesión que da y quita el sueño.

 

lunes, 1 de julio de 2013



Peñita, en pleno acto profesional
Ernesto Peña busca foco ante una figura del salón de artes manuales de la Jornada Cucalambeana y rápidamente trato de captar el instante de su acto reporteril. No se da cuenta de lo que hago y en su mundo por lograr la instantánea se mueve hacia delante y hacia atrás para lograr la mejor toma, y yo repito los mismos movimientos de forma mecánica, porque se me va de foco y no quiero que se dé cuenta de lo que hago.

Cuando termina, le enseño mi foto que lo toma en pleno acto profesional y le pregunto, ¿cuántos años, eh, Peñita? ¡Ufff! -me responde-, ya ni me acuerdo.

Y en verdad, son muchos años. Peña y yo integrábamos el mismo equipo de fotorreporteros del periódico 26, de la provincia de Las Tunas, al oriente de Cuba, a inicios de la década del 80 del pasado siglo. 

Él y yo, junto a Norge Santiesteban, éramos los tres reporteros gráficos del entonces diario provincial. Peña venía de Chaparra, y había comenzado como laboratorista del Departamento fotográfico cuando ya Norge era titular junto a Héctor Zaldívar, otro chaparrero. Norge y yo veníamos de Santiago de Cuba, de graduarnos de la Escuela Poligráfica provincial Félix Bravo Hernández, de la entonces provincia de Oriente. Él, graduado de Fotografía; yo, de Fotograbado.

Un tiempo después de haberse marchado Héctor, Peña pasó a ser fotorreportero y yo entré a aquel equipo, exactamente en 1981, y los tres conformamos la plantilla del Departamento.

Éramos muy jóvenes, yo creo que demasiado, y aunque Norge era un poco más serio, Peña y yo siempre estábamos buscándole la alegría a la vida, y no parábamos de hacer maldades a los demás compañeros, gastábamos bromas a todos sin freno alguno y no pocos problemas nos buscamos con Infante, el director, quien pasaba un poco de los 30, pero con una seriedad que metía miedo. Mas, como el equipo completo del periódico era muy joven en su mayoría, nos sentíamos como peces en el agua.

Así pasamos las verdes y las maduras, como compañeros de cámara, y aunque los tres teníamos nuestras particularidades, nos llevábamos bien, pero entre Peña y yo había una empatía porque éramos un poco diferentes a Norge, a quien catalogábamos de más conservador, más académico, como le decíamos, más correcto.

Durante los dos años que pasé en el Departamento fotográfico no recuerdo cuántas veces Peña y yo nos sacamos las castañas del fuego, como reza la sentencia. Éramos buenos trabajadores, serios en la profesión, pero nuestra inmadurez nos llevaba a cometer actos irreflexivos, y decenas de veces él me cubría las espaldas o yo se las cubría a él, cuando uno de los dos tenía una cobertura y él la cubría por mí o yo por él, por algún enredo que se nos presentaba, algo que había que explicar muy bien al Director y al Jefe de Información, porque la regla era que quien tenía la cobertura la tenía que cumplir, y no se entendía eso de cambiarse el uno por el otro, pero siempre inventábamos para salir ilesos.

Un día cualquiera a Peña se le ocurrió la idea de marcharse a trabajar como iconopatógrafo en el Hospital General Docente Ernesto Guevara, y por mucho que le di para que desistiera de la idea no me hizo caso y allá fue, sin saber quizás a lo que iba a enfrentarse.

Yo ya había pasado al equipo de reporteros, pero casi siempre Peña y yo trabajábamos juntos en las coberturas y los trabajos de fondo, por lo que en verdad le echaba de menos, hasta que unos pocos meses después regresaba pidiendo su reintegración a su lugar de origen porque no soportaba más hacer fotos en autopsias, retratar vísceras, cerebros y otros órganos para estudios médicos y su estómago no aguantó, según nos dijo.

Y desde entonces Peña no se ha movido más del periódico, convertido hoy en semanario, y aunque cada uno anda por su lado, mantenemos la amistad de trabajo y parranda que un día surgió, hace ya unos cuantos años, y nos alegramos cuando nos vemos, y aunque no hablamos mucho por la falta de tiempo estamos al tanto el uno del otro, como parte inseparable de aquel colectivo de 26, cuando siendo casi adolescentes comenzamos en los avatares de esta profesión, que hasta hoy nos ha dado las mayores alegrías y tristezas.



  

Desde mi orilla

Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.

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