sábado, 19 de mayo de 2018

A la doctora Mónica Leyva no la conocía como a ninguno de los más de 100 pasajeros y tripulantes que perdieron la vida en el siniestro del avión en las cercanías del aeropuerto José Martí, de La Habana. Tampoco a su pequeña y linda hija Alexia.

Solo sé que Mónica era médica y hay muchas versiones sobre su viaje, aunque al final eso no es importante, porque lo cierto es que murió, imagino abrazada a su pequeña, para tratar de protegerla.

Tampoco hace falta conocer a ninguno para sentir un dolor profundo, una tristeza que te cala hasta los huesos por cada una de las vidas segadas por el absurdo. Y no soy el único. Millones de cubanos lloran hoy las vidas que se apagaron, incluso, muchas personas de buena voluntad del mundo se unen a nuestro dolor en un momento terrible, que prueba a la gente en lo que a altruismo se refiere. 

Mónica y su hija ya no están físicamente. Solo sus imágenes recorren las redes sociales para entristecer más a quienes las observan, bellas, felices, dueñas del mundo que ahora les acaba de dar la espalda porque las casualidades existen, pero sus rostros no serán olvidados jamás por quienes las conocieron por fotos en tan terribles circunstancias.


domingo, 13 de mayo de 2018


Cachita, un poco más joven.
El recuerdo más nítido de mi madre Cachita cuando era niño está dado por mis miedos. No preciso qué edad tenía pero sí tengo claro en la mente que al sentir temor por algo corría hasta dónde ella estaba y me abrazaba a ella en busca de refugio y lo encontraba.

Mi madre era quisquillosa en extremo, primero con mi otro hermano varón, con quien vivía fajado y ella siempre en el medio con el cinto en la mano repartiendo justicia. Después vinieron las dos hembras, pero ella siempre se concentraba en nosotros que éramos los más recalcitrantes.

Otro recuerdo nítido es cuando yo estaba en la primaria y era extremadamente remolón para levantarme e ir hacia la escuela. Mi madre me llamaba y me dejaba sentado en la cama y se iba a seguir en sus trajines del desayuno y los preparativos del uniforme y las demás cosas, y cuando regresaba yo dormía plácidamente otra vez.

Entonces se iba nuevamente a la cocina y volvía con un jarro de agua y me lo echaba en el rostro, en una técnica que se repetía todos los días y ya no había forma de seguir en la cama.

También recuerdo cuando yo iba a alguna actividad de los pioneros, cuando ella me preparaba merienda para la jornada, y a mí no se me podía caer ni un pedacito de pan, nada, porque aquella merienda venía de las manos de mi madre que con tanto amor me la preparaba.

Claro que recuerdo cosas horribles para mí, porque ella tenía la costumbre de cuando me portaba mal encerrarme en el último cuarto de la casa que cuando se cerraba la puerta era una boca de lobo por la oscuridad, y ahí sí mis gritos se escuchaban en toda la cuadra. Aquel era el peor castigo, el culpable de que creciera con miedo a la oscuridad al extremo de dormir con la luz encendida, y hasta hoy el miedo a las luces apagadas no lo he superado del todo.

Después que crecimos ya las cosas cambiaron en métodos y enseñanzas, pero gracias a su forma de educar hoy sus hijos somos honrados y honestos, algo que indiscutiblemente se lo debemos a ella y a mi padre, pero sobre todo a ella, que en eso de guiarnos era –es- la protagonista principal de nuestra historia.


sábado, 21 de abril de 2018

Tatiiana, en plena ronda de noticias en la Redacción Informativa.
Tatiana Pérez es una de las emblemáticas presentadoras de noticias y programas informativos del gigante informativo multiestatal TeleSur, a quien tuve la oportunidad de conocer durante mis labores en mi canal querido, en la sede de Caracas.

Ella es colombiana y se graduó de periodista en la Universidad Autónoma de Occidente, en Cali, de donde egresó con el ansia de contar historias sociales para ayudar a Latinoamérica toda.

En lo personal, Tatiana es una mujer encantadora, siempre con una sonrisa para con todos, aunque tenga un genio de los buenos cuando algo anda mal y le molesta, pero aunque se moleste antes de alguna ronda, es capaz de salir en cámara como si nada hubiera pasado, porque es profesional de la cabeza a los pies.

Una vez nos invitó a mis compañeros cubanos Chicho, Rafa, a mí y a la colombiana Julie a su casa con la promesa de que yo le hiciera un congrí cubano. Larry, su esposo, buscó cervezas y comenzó la confección de la comida pero con ella al lado en una especie de la clase de cada paso para aprender.

Ya a la hora de la mesa, aquello había quedado divino, según sus palabras, y ahí, en la sala de su apartamento, cubanos, colombianos y venezolanos demostramos que somos la misma gente, con algunas costumbres diferentes pero con la sangre latina y la cultura de nuestra región a borbotones.

Sirvan entonces estas líneas para rendirle homenaje a nuestra amiga Tatiana, esa colombiana-venezolana paradigmática en la pantalla de nuestro TeleSur querido.
A la izquierda Larry, yo, Tatiana, Chicho, Julie y Rafa, comiendo congrí cubano, carne molida venezolana y patacones colombianos, toda una mezcla caribeña y latinoamericana.




Un símbolo de mi ciudad ha caído, aunque perdurará en la mente de mi pueblo. El querido y carismático Comandante, o Alberto Álvarez Jaramillo, ha muerto en un accidente en la calle, a la edad de 78 años, que cada día se echaba sobre los hombros para desandar nuestra urbe y alegrar su entorno.

Ya casi nada tengo que decir porque muchos lo han dicho, solo retomo algunas ideas que esbocé en este, mi espacio personal hace cinco años, en uno de esos días en que uno repasa lo que ennoblece un lugar determinado.

El Comandante tunero era un personaje emblemático de mi ciudad de Las Tunas, salía todos los días a pescar el sol de la mañana y caminaba sin rumbo, con su traje verdeolivo, charreteras de oficial y boina carmesí. 

Siempre traía una buena cantidad de documentos y otros objetos que eran sus principales armas, y aun con sus problemas mentales, era capaz de sostener una conversación con cualquiera como el ser más razonable del mundo.

Fue un medicamento mal suministrado cuando era muy joven que lo llevó a esa eterna y divina locura. Sin embargo, muchas veces le pregunté su nombre y respondía: «Che Castro Jaramillo», en honor al Che Guevara y a Fidel Castro, sus héroes.

Jaramillo nunca pidió una limosna, siempre andaba limpio y jamás durmió fuera de su casa. 

Solo andaba en sus cavilaciones, detestaba a los delincuentes, saludaba la bandera y amaba a su tierra. Y después decían que estaba loco.


martes, 27 de marzo de 2018

Yaicelín y Angel Luis, en plena grabación de un programa. (Periódico 26 Foto /Rey López).
La primera vez que supe de Yaicelín Palma Tejas yo trabajaba en TeleSur, en la sede central de Caracas, un día cualquiera casi a finales de 2016. Fue una tarde en que revisaba Tiempo21 y vi su foto en los créditos, y confieso que a primera vista no me cayó bien aquella joven a la que nunca había visto en las prácticas de los estudiantes de Periodismo.

Creo que hasta por el chat de facebook pregunté quién era a uno de los de mi equipo de Tiempo21, y la respuesta fue rápida: «es una de las recién graduadas de la Universidad de Camagüey». Entonces me puse a leer aquel primer texto y en verdad la muchacha escribía bien, pero seguía mirando la foto y no me caía bien, aunque no sabía por qué.

Así pasaron los meses y cada vez que revisaba Tiempo21 me encontraba alguno de sus textos, y hasta me agradaban, porque en verdad eran buenos, pero su cara en aquella foto de los créditos no me caía bien, ya fuera por su mirada fija en mí, ya fuera por cierta señal de altanería que denotaba su rostro (en aquel momento nada bonito para mi gusto), y, como estaba tan lejos, pues acepté que escribiera en mi medio tiempo21 (del cual no soy dueño pero me lo creo), porque en realidad nada podía hacer, y solo me conformaba cuando pensaba, a veces en voz alta: «cuando regrese ya sabré quién es la tal Yaicelín».

Y así el tiempo, inexorable en su paso, transcurrió como buena muestra de que según ha dicho algún ensayista, Dios lo mejor que ha hecho es un día tras otro, hasta que regresé a Cuba, el primer día de julio de 2017, siempre con la curiosidad de comprobar en vivo y en directo quién era aquella muchacha que escribía bien pero que me caía mal.

No recuerdo si fue el mismo día que llegué a la emisora después de un año y un poco de ausencia, ni en el momento exacto en que nos encontramos informalmente, en un pasillo o en el parqueo creo, sin que nadie nos presentara, y cuando la vi frente a mí aquellos prejuicios en la distancia comenzaron a ceder ante la curiosidad por saber qué había detrás de aquella muchacha tierna y linda, que nada tenía que ver con la foto que veía del otro lado del Caribe, con su mirada inquisidora.

Unos días después, al escucharla hablar en una asamblea, ya no me quedaron dudas: Yaicelín era una profesional, en formación pero una profesional, que no solo escribía textos de lujo, para Tiempo21 o para la radio, sino que su nivel de razonamiento estaba muy por encima de su edad, cuando de madurez se trata.

Entonces comencé a mirarla en silencio, a seguir sus pasos profesionales, y cuando ya no tuve ninguna duda de su capacidad profesional y emprendedora, le propuse que integrara mi equipo para el canal tiempo21 Video-TV.

Después de escucharme me miró con cierta duda (porque no le gusta la televisión como medio), sonrió y me respondió con algo así como ¿usted cree?, y aquel usted me estremeció porque no me gusta que me traten así, lo cual comprendí luego por su falta de confianza y hasta por cierto respeto, y como un contraataque yo también comencé a tratarla de usted (algo que tampoco le gusta) hasta que otro día cualquiera comenzamos a tutearnos como los colegas que éramos.

Ya con su aprobación comencé a hacerle pequeñas pruebas de cámara y ¡exactamente era la imagen que buscaba para el canal!, quizás la cara de nuestro medio para Internet (sin desdeñar al resto de las muchachas de mi equipo que también son bellas y estelares) y la puse a improvisar y ¡bien!, pasó la prueba con resultados sobresalientes y la mandé a la calle a reportar en imágenes.

Ahora, con el paso del tiempo (un poco nada más), confieso que Yaicelín todos los días me supera, y, sobre todo, me asombra, me sorprende y me hace sentir orgullo por lo que es y por lo que hace, porque es la cara de tiempo21 Video-TV, y no hay una idea que le proponga que no la asuma con el corazón para al final traerme un producto de gran factura estética. ¡Y hasta me discute ante un plano, una escena, una forma de hacer!, y yo solo la miro y me sonrío, porque la mayoría de las veces tiene razón y ya lo dije pero lo repito: me supera, algo por supuesto que me llena de regocijo, de felicidad, porque no todos los días uno encuentra una muchacha de 24 años con tanta profesionalidad en lo que hace.

Por eso hoy me siento plenamente feliz, por tener en mi equipo de trabajo a una profesional como ella, que cada día llega a la redacción como el viento interrogador, para terminar un material periodístico o proponerme una idea nueva, renovadora, siempre con el ansia de la primera vez; discutir ante un plano, una escena, o un trabajo con Angel Luis, su fotógrafo-camarógrafo, cual binomio que se quiere y a veces hasta se odia, pero siempre juntos porque se prefieren el uno al otro, y echar a andar su imaginación (vigorosa y prolífica) para seguir creando.

Y ya cuando se va, siempre se detiene y me dice, cual sentencia: «a ese trabajo lo único que puedes cambiarle es el título». Y se marcha oronda, desafiante, estremecedora, regando con su efluvio la simiente que hace felices a los demás, mientras la tierra le besa los pasos, porque ella es de las que saben amar, al decir de Silvio Rodríguez.


Desde mi orilla

Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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