martes, 13 de agosto de 2013



Abel Peña Labrada es un hombre feliz. Lo dice y su rostro se ilumina por una amplia sonrisa y sus ojos bordeados por los años viajan en el tiempo y hacen un recorrido fugaz de lo que ha sido su vida, y se detienen en aquel muchacho flaco que vendía flores y frutas de todo tipo para buscar el sustento suyo y de sus hermanos.

El pregonar por las calles de su añejo Puerto Padre, era uno de sus momentos favoritos, que le permitían alegrar la vida de muchas personas y de su propia adolescencia, enmarcada en las razones de la espera para poder comer, mientras alternaba el cepillo que pasaba raudo 10, 20, 100 veces por los más disímiles calzados hasta que lograra ver su cabeza despeinada y borrosa en el cuero brillante de los zapatos que lustraba.


Eran días inciertos aquellos antes de 1959, y el estallido del Primero de Enero lo llenó de júbilo y felicidad, porque de alguna forma veía reflejado su propio esfuerzo en aquel trascendental acontecimiento que era la Revolución cubana, cuando en el restaurante del hotel Plaza, en el Puerto Padre de entonces, guardaba brazaletes y uniformes rebeldes en apoyo a la Revolución, bajo sus funciones de gastronómico.


Después llegaron las tareas revolucionarias, y se involucró con la juventud comunista, y cursó escuelas políticas, y dio clases, y desanduvo la Sierra Cristal en misiones de aquellos jóvenes que se comían el mundo para consolidar el triunfo, hasta que un buen día de 1965, decidió cumplir otro de sus grandes sueños cuando entró de forma decidida a la emisora Radio Libertad, de la Villa Azul, para aprender a ser periodista, locutor, realizador de programas, realizador de sonido, escritor, y fue tanta la pasión y entrega que de alumno se convirtió en maestro.
 
Y así llegó 1990, cuando vino para Radio Victoria, acá en Las Tunas, y siguió haciendo época con la calidad siempre a cuestas, y fue nuevamente feliz en lo profesional y otro tanto en lo personal, porque volvió a encontrar el amor en Marina, que finalmente le dio a Dixie, la más pequeña de sus hijas, hasta que un día otro estallido lo volvió a sorprender cuando por decisión de la Unión de Periodistas de Cuba le entregaron el Premio por la obra de toda la vida en el ejercicio del periodismo, para cumplirse así la sentencia martiana de que honrar honra, parabién de la propia profesión que le ha dado las más grandes satisfacciones en sus casi 70 años de existencia.

 

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