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viernes, 6 de febrero de 2015

Carlos y Antonio en plena comunidad. (Foto: Ahmed Velázquez)

Lawra es un pueblito que se alza entre lo más intrincado de la selva de la Región Norte Superior de la República de Ghana, en el África subsahariana, en el cual la lluvia siempre da la bienvenida al visitante.

Cada amanecer sus callejuelas de tierra roja y fango arcilloso anuncian la falta de un sol que no nace para todos. Los pastores conducen  sus ovejas con la esperanza  de que un día no se parezca a otro, de que al fin sonría la fortuna.

Amuka Abudu lo sabe muy bien. En sus 80 años sobre esa tierra que se alza en la parte más alta de ese país ha visto nacer y morir a varias generaciones y, ahora, mira con asombro y cierto respeto a dos hombres blancos que han sido enviados desde el más allá para cuidar de su pueblo rojo.

Las noches de Lawra son todas iguales: la lluvia y los relámpagos, como intrusos que irrumpen en la oscuridad de la selva y apagan sus sonidos y sombras, son el mejor momento para Amuka sentarse a mirar el horizonte, a fumar en su pipa una hierba que según las creencias constituye el secreto de su longevidad. Y cuando por excepción aparece la luna, entonces le da gracias a su dios por un acontecimiento que es el primero en Lawra, por lo menos en sus 80 años de vida: la aparición de los dos herbalist de piel blanca que, al fin, han venido a salvar a los suyos.

Pero Antonio y Carlos no curan con yerbas como piensa Amuka. Ellos se adueñaron de Lawra para salvar a cientos de niños, mujeres y ancianos, con una peculiar forma de trabajar: ir constantemente en busca de los nativos.

La idea surgió al ver que la gente no asistía al hospital del lugar, entonces comenzaron a visitar las comunidades; y los domingos de mercado, cuando cientos de personas se concentran allí, invaden el lugar en busca de mujeres embarazadas y niños desnutridos. Así citan a las madres y a sus pequeños para el hospital, y si no asisten, los buscan en sus casas, lo que les ha permitido disminuir notablemente la mortalidad infantil y mejorar la salud de los nativos.

Por eso Amuka Abudu, todo un símbolo de Lawra, recibe cada semana a los médicos cubanos en su pequeña choza de barro que se alza en una de las elevaciones del lugar, comparte con ellos el pitó, que es la bebida tradicional confeccionada con millo hervido y fermentado, les agradece lo que hacen por su pueblo rojo, aunque en realidad mire con cierto respeto el esfigmo y el estetoscopio que los médicos llevan consigo.

jueves, 11 de julio de 2013



Mi padre está grave. Tiene neumonía y está muy delicado, porque su organismo se ha deteriorado por la diabetes y por sus casi 80 años de vida.

Sin embargo, me siento tranquilo porque está recibiendo una esmerada y constante atención en la sala de terapia intermedia del Hospital General Docente Ernesto Guevara, de la oriental provincia de Las Tunas, donde vivo.

Llevo tres noches seguidas al lado de él, y veo el amor y la dedicación del personal de enfermería y los médicos que lo atienden a él y a otros tres pacientes muy graves que están en el cubículo, y me convenzo mucho más de la grandeza del sistema de salud cubano, porque a veces tienen que tocarte de cerca las situaciones par darte cuenta de la grandeza que para uno es común en un país como Cuba.

Mi país está muy acosado por el férreo bloqueo de Estados Unidos, que no nos deja ni respirar en el empeño de segarnos la vida como pueblo irreverente y rebelde ante sus ansias de expansión, colonización y esclavitud moderna.

No obstante a ese acto genocida, a mi padre no le ha faltado en estos cuatro días –ni le faltará- antibióticos de última generación para frenar el desarrollo de sus lesiones pulmonares y sin tener que pagar un solo centavo ni por los medicamentos ni por la estadía en una sala como esa, que en Estados Unidos, por ejemplo, es inaccesible para las personas de menores ingresos.

Yo no soy religioso pero mi hermana pequeña sí, y ella dice que nuestro padre está en manos de Dios, y yo le digo que sí, y le agrego que, sobre todo, está en manos del Estado cubano y su sistema de salud, y eso cuenta y garantiza la vida de cualquier ciudadano de mi país, piense como piense y actúe como actúe. Y eso, sencillamente reconforta infinitamente.




Desde mi orilla

Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.

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