Recuerdo
como si fuera ahora toda la atmósfera que se formaba alrededor del Día de
Reyes.
Con la
inocencia de mis ocho o nueve años intercambiaba opiniones con mis amigos del
barrio para ver nuestras peticiones, y no se me olvida el gardeo de mis padres
cuando les comentaba lo que iba a pedir.
Mi Rey mago era Melchor, quien no siempre quedaba bien conmigo porque nunca me traía exactamente lo que le pedía, y miraba con envidia a otros amiguitos del barrio a quienes le traían bicicletas y carros de bomberos grandes, de pilas, y otros juguetes inalcanzables para mí.


