Abel Peña Labrada es un hombre feliz. Lo dice y su rostro se ilumina por
una amplia sonrisa y sus ojos bordeados por los años viajan en el tiempo y
hacen un recorrido fugaz de lo que ha sido su vida, y se detienen en aquel
muchacho flaco que vendía flores y frutas de todo tipo para buscar el sustento
suyo y de sus hermanos.
El pregonar por las calles de su añejo Puerto Padre, era uno de sus momentos favoritos, que le permitían alegrar la vida de muchas personas y de su propia adolescencia, enmarcada en las razones de la espera para poder comer, mientras alternaba el cepillo que pasaba raudo 10, 20, 100 veces por los más disímiles calzados hasta que lograra ver su cabeza despeinada y borrosa en el cuero brillante de los zapatos que lustraba.
El pregonar por las calles de su añejo Puerto Padre, era uno de sus momentos favoritos, que le permitían alegrar la vida de muchas personas y de su propia adolescencia, enmarcada en las razones de la espera para poder comer, mientras alternaba el cepillo que pasaba raudo 10, 20, 100 veces por los más disímiles calzados hasta que lograra ver su cabeza despeinada y borrosa en el cuero brillante de los zapatos que lustraba.


