Cuando
Julio César Pérez Viera recuerda la época en que tuvo que ayudar a su padre Monguito, a hacer carbón
durante el tiempo muerto, una sombra, casi imperceptible, pasa por sus ojos y
se traslada al barrio El Donque, en la bahía de Cascarero, en Chaparra, donde
con sus ocho años a cuesta desandaba la orilla de la costa y cuidaba los hornos
como un pequeño centinela que preservaba el patrimonio familiar.
Eran los primeros años de la década del 60 del pasado siglo, y en cuanto terminaba la sesión de clases, echaba los cuadernos escolares en un bulto que se colgaba a su espalda, pasaba por su casa, le daba un beso a Pola, su madre, y seguía con sus hermanos Luis y “Pingüe” hasta donde estaba Monguito, tiznado, bajo el fuerte sol de la costa, colocando un palo aquí, otro allá, en el pequeño montículo que levantaba el horno, el cual para Julio se antojaba como el Pico Turquino, porque su estatura infantil se achicaba más frente a aquella loma que rugía calor y humo.
Eran los primeros años de la década del 60 del pasado siglo, y en cuanto terminaba la sesión de clases, echaba los cuadernos escolares en un bulto que se colgaba a su espalda, pasaba por su casa, le daba un beso a Pola, su madre, y seguía con sus hermanos Luis y “Pingüe” hasta donde estaba Monguito, tiznado, bajo el fuerte sol de la costa, colocando un palo aquí, otro allá, en el pequeño montículo que levantaba el horno, el cual para Julio se antojaba como el Pico Turquino, porque su estatura infantil se achicaba más frente a aquella loma que rugía calor y humo.






