viernes, 23 de agosto de 2013


Rigoberto Camejo pone sus ojos en el infinito para recordar con precisión su infancia en los años 60 del pasado siglo. Y llega claramente El Marabú, ese barrio emblemático por sus problemas sociales, su gente conflictiva, con una alta dosis de delincuencia, del que él, a pesar de todo, salió ileso hacia un mundo mejor.

“Realmente mi origen es muy humilde, tanto por mi familia como por mi barrio, El Marabú, una de las zonas marginales de la ciudad de Las Tunas antes de triunfo de la Revolución. Mi familia era pobre: mi padre, gastronómico y mi mamá ama de casa.
“Sin embargo, yo pude estudiar regularmente, porque para mis padres lo primero era el estudio, y supieron sobreponerse a las grandes limitaciones para que mis hermanos y yo pudiéramos asistir a la escuela. Así, después de terminar la secundaria básica en la Cucalambé, que era la única de su tipo en la ciudad de entonces, seguí estudiando en el sistema de becas creado por la Revolución”.

A Camejo le brillan los ojos cuando habla de su infancia, de sus primeros años junto a sus padres y hermanos, de su crianza en un barrio tan conflictivo, lleno de personas marginales y delincuentes. Pero sobre todo, recuerda la firmeza de sus progenitores cuando vieron su inteligencia y de forma irremediable lo inclinaron hacia la Medicina.

“En aquella etapa, cuando uno de los muchachos de destacaba por su inteligencia enseguida los padres influían para que fueran médicos, ingenieros, profesionales en sentido general, pero sobre todo médicos. En mi caso fue de tal forma la influencia de la familia que cuando en el pre universitario decidí qué iba a estudiar, no había lugar para otra carrera que no fuera la Medicina, y eso contra toda razón de raíces familiares sin ningún profesional en su seno, y en la provincia de Las Tunas, prácticamente no había médicos. El día que me dieron la carrera, en 1973, yo no tenía ninguna duda, porque mi vocación, por influencia en su mayor porcentaje, era sólida”.

Así Camejo se fue a las aulas de Ciencias Médicas y fue un estudiante brillante. Y no pasaba un día en que no se convenciera más de que su elección había sido la correcta, porque la Medicina superaba todas sus expectativas como profesión, y con la misma decisión para estudiar esta ciencia, decidió ser clínico, o especialista en Medicina Interna.

Cuando terminó de estudiar Medicina, Rigoberto Camejo ingresó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias para hacer su servicio social, y un día de 1982, lo designaron para una misión militar en Etiopía, donde Cuba libraba una enorme batalla junto a ese pueblo por lograr su independencia de los agresores. Y hacia allá marchó, con la entereza que lo caracteriza, y la convicción de que podía dar su aporte por el bienestar de otros países.


“Durante 30 meses me desempeñé como jefe de servicios médicos de una unidad de tanques. Esa misión fue otra universidad, porque te enfrentas situaciones difíciles en zonas desérticas, entre la frontera de Etiopía y Somalia, en plena guerra. Y ahora, con el paso de los años muchas veces me he puesto a pensar en cómo es posible que un ser humano sea capaz de enfrentar tales situaciones extremas, y me respondo que el mayor peso está en las convicciones de los hombres, en creer en lo que uno hace”.

En una guerra, lejos de los seres más queridos, todas las situaciones son extremas, como bien dice Camejo. Y durante los 30 meses en Etiopía, fueron muy pocos los días en que él y las tropas cubanas, pasaran momentos de relajación, porque la guerra impone sus cantos y la vida siempre pende de un hilo. Sin embargo, no fueron los días de guerra los más difíciles para él, sino el final de aquella misión, en el que piensa y aun hoy sus ojos se ponen tristes, y se le corta el aliento y piensa en las funestas consecuencias que pudo enfrentar.

“Ya cuando terminábamos me asignaron la misión de trasladar a un capitán cubano con un síndrome respiratorio agudo que se pensaba era una tuberculosis, y yo tenía que evitar que se contagiara la tropa. Siempre tenía que andar a mi lado y tratar, además, de que no supiera nada pero que tampoco se relacionara con los demás hombres.

“El capitán tosía constantemente a mi lado, y ya yo tenía mi primera hija por lo que también debía evitar mi contagio porque ya estaba a punto de regresar a Cuba. Hubo otras muchas situaciones difíciles, propias de la guerra, pero estábamos preparado para eso. Ahora, llegar a Cuba contagiado por la tuberculosis, nunca había estado dentro de los pronósticos, y eso me marcó para siempre”.

¿Y la cirugía?
 

“La cirugía sí fue coyuntural, porque cuando yo termino mi servicio social en las Fuerzas Armadas, lo que deseaba estudiar era Medicina Interna. Pero cuando llego a Las Tunas, la Dirección de la provincia me solicitó que asumiera la especialidad de Quemado, porque en esa etapa estaba la posibilidad del golpe aéreo masivo sorpresivo contra Cuba por parte de los Estados Unidos, y se consideraba que la mayor parte de los heridos iban a ser quemados.

“En aquel tiempo Las Tunas no tenía ningún especialista en Quemado, estaban creadas todas condiciones en el hospital provincial Ernesto Guevara, y yo, aunque nunca tuve en mente esa posibilidad, acepté. Así, me dieron tres meses de prueba en la especialidad para mi decisión final, y ese tiempo fue suficiente para enamorarme de esa rama de la Medicina porque me di cuenta de que era algo sensacional, había que tener una preparación muy profunda, y tenía otros dos perfiles de trabajo que eran fascinantes: la cirugía reconstructiva y la cirugía estética”.

A partir de entonces, Camejo, con la entereza y la dedicación que lo caracterizan, comenzó a prepararse no solo para vencer los estudios de la especialidad, sino para ser un buen especialista, y cada día, los libros lo esperaban cuando terminaba su jornada laboral, y estudiaba hasta ya entrada la madrugada, y vivía intensamente aquella especialidad en la que la vida de muchas personas dependían de su maestría y de sus conocimientos.

“En esta especialidad de Quemado, uno se enfrenta cada día a situaciones extremas en las personas, por situaciones violentas, grandes accidentes, niños quemados en sus casas, unos que fallecen y otros que uno tiene la posibilidad de salvarlos, y cada vez que hay éxito en el tratamiento y uno logra salvar a personas, y sobre todo a niños, eso es una satisfacción extraordinaria”.

Después que termina la especialidad, se hizo profesor y tuvo la posibilidad de ayudar a la formación de los especialistas en Quemado propios de la provincia de Las Tunas, porque los profesionales que existían eran de Camagüey, Holguín, Villa Clara, y Santiago de Cuba, y sintió la inmensa satisfacción de ofrecer su aporte en la conformación de tan importante equipo.

“También dentro de las grandes satisfacciones está mi familia, que se formó en mi ambiente de trabajo, de mi especialidad, y además de haber sido influida por mi profesión, ha sido decisivo su apoyo para mi desarrollo como cirujano plástico, y creo que en pago una de mis hijas se formó como enfermera”.

En la Cirugía plástica como especialidad lo más complejo no es la cirugía como tal, aunque se logran soluciones importantes ante el cáncer de piel, los traumatismos, las heridas complejas. Mas, lo que más satisface como profesional, como médicos, como científico, es salvar un niño quemado grave, que está por encima de todo, y no son pocos los que este destacado médico ha logrado preservarle la vida, por lo que ahí está su mayor satisfacción: la atención a los pacientes quemados graves.


“Yo he salvado niños que ahora son hombres y mujeres, y cuando me ven, me tratan como a un padre, y esa ternura que me dan es la más grande de las satisfacciones, algo que no tiene comparación en mi trabajo como médico”.

Rigoberto Camejo es un nombre obligado en la Cirugía plástica de Las Tunas. Desde su posición actual como cirujano del salón provincial de cirugía menor, en el policlínico Gustavo Aldereguía, y de la sala de quemados, del Hospital General Docente Ernesto Guevara, donde atiende a cientos de personas cada año, y la puerta de su consulta siempre está llena de personas que lo buscan para los más diversos problemas de salud, para así vivir a plenitud sus cuatro vidas: su familia, la cirugía reconstructiva, la cirugía estética y la atención a los pacientes quemados.

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