jueves, 16 de agosto de 2012

En mi periplo por Ghana, en el África subsahariana, tuve el privilegio de visitar Elmina, un pueblito de pescadores, en el que un día se construyó un castillo que evolucionó durante tres siglos. Fue edificado por los portugueses como un fuerte en 1482 para defenderse de los españoles, cuando el comercio del oro dominaba las ideas expansionistas de los europeos en África.

Pero como la trata de esclavos evolucionó rápidamente y daba grandes ganancias a los imperialistas de Europa, e incluso sustituyó al comercio del oro, el pequeño fuerte, que en sus inicios se llamó Sao Jorge, alrededor de 1600 fue reforzado y aumentado de tamaño, con un patio interno que se le agregó y lo hizo crecer al doble de su área inicial. Entonces tomó el nombre del pueblito.

En ese tiempo el comercio de esclavos hacia América se intensificó con aires de competencia principalmente de los holandeses, y el castillo Elmina cayó en sus manos; fue reforzado en la parte que da hacia tierra en las guerras del siglo XIX, con el apoyo de sus aliados Ashanti, de Kumasi, en el centro de ese país, y los británicos de Cape Coast, apoyados por las tribus Fanti, que vivían en la costa del Golfo de Guinea. Mediante negociaciones, finalmente los británicos se apoderan de Elmina, convertido ya en la principal ruta de esclavos de esta zona y quizás del África.

Hoy Elmina sigue con su majestuosidad, mirando siempre al mar, como una guía del pueblo de pescadores, que aunque ha crecido sigue siendo el mismo en esencia. Mas quizás muchos de sus habitantes no sepan la historia de tan siniestro castillo. Las generaciones de hoy andan a la sombra de esta edificación sin saber que miles de sus ancestros murieron allí o fueron sacados por ahí hacia América.

Y lo observan desde afuera -porque visitarlo cuesta demasiado dinero- como apacible museo que aun a la distancia de tantos años no puede simular su carga de espeluznante instalación en la que todavía se respira la muerte.

Las murallas de Elmina son impresionantes. Al entrar por su portón principal el visitante no puede dejar de sentir una sensación extraña y mira hacia atrás quizás con el temor de que aquella puerta se cierre como antes.

Cuando se llega al patio y se mira alrededor, la majestuosidad del lugar se apodera del que ha entrado. A la derecha la celda de castigo con una puerta estrecha en cuyo borde superior se incrusta la carabela con sus tibias cruzadas. Ahí entraban los esclavos que osaban fugarse y no volvían a salir jamás. La puerta se cerraba para siempre y nunca más comían ni bebían agua. Así transcurría el tiempo y cada vez que otro se fugaba la puerta solo se volvía a abrir para entrarlo. El recién llegado tenía que morir rodeado de muerte, con los cuerpos podridos a su alrededor; el ciclo se repetía una y otra vez. Aun hoy, un olor desagradable sale de las paredes de esa celda. 

El gran patio está rodeado de instalaciones destinadas a diversos fines. Presidiendo la plazoleta el edificio donde vivía el capitán general del castillo y en su costado izquierdo otra puerta de la muerte, que da entrada a un oscuro y angosto pasillo por el que se llega a las habitaciones destinadas a los esclavos: una parte para las mujeres y otra para los hombres. 

En unos pocos metros cuadrados, totalmente a oscuras cuando se cerraban las puertas, cientos de africanos tenían que pasar el tiempo necesario hasta su salida definitiva del continente, uno encima del otro, haciendo sus necesidades fisiológicas ahí mismo, en lo que constituía un espectáculo único y quizás irrepetible, como muestra del más despiadado desprecio por la vida de aquellos seres humanos. 

Los que sobrevivían eran conducidos por otro pasillo resbaladizo, hasta una puerta que da al mar, tan estrecha que parece una rendija en las húmedas y lúgubres paredes de ese, el pequeño salón final, desde donde se llegaba al barco negrero con destino a América. 

En la parte superior del castillo todo el andamiaje defensivo: cañones mirando al mar, la comandancia y otras instalaciones desde las que se domina todo el poblado y el pedazo de mar que bate con furia sobre las rocas que sirven de cimientos a la edificación. 

Hay que visitar Elmina para saber de qué se habla, respirar su aire que a la distancia de cuatro siglos sigue contaminado; sentir cómo se eriza la piel cuando se está en sus entrañas, viviendo por un momento los instantes de aquellos negros cazados como fieras y convertidos en esclavos, para quienes era un triunfo llegar al barco, porque no todos sobrevivían a tan dura prueba. 

El castillo Elmina es impresionante desde afuera, aun desde la lejanía, con su figura rodeada de niebla, pero mucho más desde adentro, donde cada una de sus partes delata la maldad de aquellos hombres blancos que se ensañaron con los nativos de ese continente de una forma tan cruel que es poco creíble cuando se cuenta.

Elmina es hoy un museo aparentemente inofensivo, y es hasta bello cuando se mira desde afuera. Pero quien entra queda marcado para siempre, porque vive un pedazo de aquella etapa siniestra llamada esclavitud, que a la distancia de tantos años hace sentir vergüenza a la Humanidad.


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