sábado, 19 de octubre de 2013



Los mendigos se acomodan en los semáforos en espera de
la luz roja. (Foto Admed Velázqiez)
La luz roja de los semáforos tiene una notable tristeza en una urbe como Accra, la capital de Ghana, en el África subsahariana.

Cuando los automóviles se detienen ante la señalización de pare, decenas de personas llegan a los carros a pedir limosnas: niños, madres con pequeños en sus brazos, hombres y mujeres en sillas de ruedas; otros  se arrastran porque no pueden ni caminar.

Entonces la luz roja parece durar una eternidad. Y es difícil mirarlos y no mirarlos, aunque eso solo pasa a las personas más sensibles, porque la mayoría ni se inmuta y se mantiene con los cristales cerrados.

Los niños son los más tristes protagonistas de esta historia. Con apenas cinco o seis años llegan hasta las ventanillas y observan a los ocupantes de los autos con una mirada lastimosa y su mano extendida con la palma hacia arriba. En un cuadro deprimente.

No es Accra la culpable, con su apariencia de ciudad de Primer Mundo, característica que la marca para siempre. Tampoco es África. Es la explotación durante siglos, el saqueo de estas tierras, las riquezas de los inmensamente ricos y la pobreza de los extremadamente pobres.

Estas son las consecuencias del neoliberalismo y de un no tan nuevo orden económico internacional, que arremeten contra las grandes masas de personas de un continente cuya población tiende a desaparecer.

¿Por qué? ¿Cuándo dejará de ser tan triste la luz roja de los semáforos en urbes como Accra?


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