lunes, 30 de noviembre de 2015

Los niños se entregan al trabajo desde las más tempranas edades. (Foto: Ahmed Velázquez).
Todos los días son iguales en Peki. 

Allí no hay un jardin ni una flor alrededor de las callejas de tierra roja, ni una alegría que haga cabalgar al corazón dentro del pecho, ni algo nuevo entre ese cielo y esa tierra que se unen en cada una de las montañas que rodean al valle donde se encuentra el pueblito.

En Peki la vida es tan aburrida que los hombres prefieren buscar sus horizontes en otros lugares y tratan de revender mercancías para encontrar el sustento, y  las mujeres se la pasan pilando viandas para hacer el fufú tradicional.

Pero los niños, esos que no pueden salir del pueblito, están confinados al trabajo desde las más cortas edades, mientras los más pequeñines andan de un lado para otro con sus miradas perdidas en el tiempo, y su única fiesta es cuando ven a los yiuwo (hombre blanco en dialecto ewe), a los que les salen a su encuentro, y les dan sus manitas y les dicen adiós con tristeza cuando se alejan.

Peki es un lugar retirado en la Región del Volta, a unos 200 kilómetros al sureste de Accra, la capital de Ghana, en el África subsahariana, que nació sin infancia, donde la sonrisa es más triste que el llanto.


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