martes, 28 de febrero de 2017

La tarde estaba alegre por la propia alegría de Caracas, de mi Canal, cuando la noticia me ha llegado como una bofetada en pleno rostro: murió Nelson Marrero, mi gremio le dijo adiós, y la noticia me invadió hasta lo más profundo, quizás mucho más de lo que uno piensa cuando de por vida comparte la profesión y los días con un colega.

Nelson fue uno de mis primeros guías en mi vida laboral, cuando juntos fundamos el periódico 26, de la provincia de Las Tunas; yo todo un muchacho inmaduro e inexperto en cuestiones laborales, un pichón de periodista; él todo un hombre maduro y ya todo un periodista.

Y así pasamos muchos años juntos en el periódico 26, trabajando fuertemente, oyendo sus descargas, sus pleitos por hacer las cosas mejores, sus encabronamientos porque el 95 por ciento de los profesionales de 26 éramos veinteañeros y él ya un cuarentón, por lo que teníamos formas diferentes de ver la vida.

Así hasta que un día me fui para Radio Victoria y tiempo después él se jubiló, pero no dejó de trabajar ni un instante, con aquella fuerza que lo caracterizaba, con aquel entusiasmo de muchacho que siempre llevó consigo, y gozábamos con él en cualquier reunión del gremio, y Juan Morales, Julio César y yo le buscábamos la lengua y se la encontrábamos.

Ya era emblemática la frase que me decía cuando yo miraba al grupo y preguntaba apuntándolo: ¿Y este qué hace aquí? Entonces, miraba a su alrededor como para que todos lo escucharan y me soltaba a rajatablas: "¡Lo que me salga de los cojones!", y la risa era un aplauso y después comenzábamos a hablar en serio, de sus planes a pesar de sus más de 80 años, de la vida, de la gente.

Y ahora se ha ido, irremediablemente, y yo tan lejos para no poder despedirlo. Pero él sabe bien que lo quería tanto como él me quería a mí, que cada jodedera la disfrutábamos porque sabía que era de cariño. Y por eso me duele tanto, así de sencillo.

Nelson estará siempre entre nosotros, y le echaremos de menos en nuestras reuniones y en nuestras fiestas. Y extrañaremos su emblemática frase, y nos reiremos a su nombre, porque más que tristeza siempre inspiró alegría. Y no digo más, no vaya a ser que me salga otra vez con su paradigmática e histórica frase para mandarme a callar.




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