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Cachita, un poco más joven. |
Mi madre era
quisquillosa en extremo, primero con mi otro hermano varón, con quien vivía
fajado y ella siempre en el medio con el cinto en la mano repartiendo justicia.
Después vinieron las dos hembras, pero ella siempre se concentraba en nosotros
que éramos los más recalcitrantes.
Otro recuerdo
nítido es cuando yo estaba en la primaria y era extremadamente remolón para
levantarme e ir hacia la escuela. Mi madre me llamaba y me dejaba sentado en la
cama y se iba a seguir en sus trajines del desayuno y los preparativos del
uniforme y las demás cosas, y cuando regresaba yo dormía plácidamente otra vez.
Entonces se iba
nuevamente a la cocina y volvía con un jarro de agua y me lo echaba en el rostro,
en una técnica que se repetía todos los días y ya no había forma de seguir en
la cama.
También recuerdo
cuando yo iba a alguna actividad de los pioneros, cuando ella me preparaba
merienda para la jornada, y a mí no se me podía caer ni un pedacito de pan,
nada, porque aquella merienda venía de las manos de mi madre que con tanto amor
me la preparaba.
Claro que recuerdo
cosas horribles para mí, porque ella tenía la costumbre de cuando me portaba
mal encerrarme en el último cuarto de la casa que cuando se cerraba la puerta
era una boca de lobo por la oscuridad, y ahí sí mis gritos se escuchaban en
toda la cuadra. Aquel era el peor castigo, el culpable de que creciera con miedo a
la oscuridad al extremo de dormir con la luz encendida, y hasta hoy el miedo a
las luces apagadas no lo he superado del todo.
Después que
crecimos ya las cosas cambiaron en métodos y enseñanzas, pero gracias a su
forma de educar hoy sus hijos somos honrados y honestos, algo que
indiscutiblemente se lo debemos a ella y a mi padre, pero sobre todo a ella,
que en eso de guiarnos era –es- la protagonista principal de nuestra historia.
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