sábado, 19 de mayo de 2018

A la doctora Mónica Leyva no la conocía como a ninguno de los más de 100 pasajeros y tripulantes que perdieron la vida en el siniestro del avión en las cercanías del aeropuerto José Martí, de La Habana. Tampoco a su pequeña y linda hija Alexia.

Solo sé que Mónica era médica y hay muchas versiones sobre su viaje, aunque al final eso no es importante, porque lo cierto es que murió, imagino abrazada a su pequeña, para tratar de protegerla.

Tampoco hace falta conocer a ninguno para sentir un dolor profundo, una tristeza que te cala hasta los huesos por cada una de las vidas segadas por el absurdo. Y no soy el único. Millones de cubanos lloran hoy las vidas que se apagaron, incluso, muchas personas de buena voluntad del mundo se unen a nuestro dolor en un momento terrible, que prueba a la gente en lo que a altruismo se refiere. 

Mónica y su hija ya no están físicamente. Solo sus imágenes recorren las redes sociales para entristecer más a quienes las observan, bellas, felices, dueñas del mundo que ahora les acaba de dar la espalda porque las casualidades existen, pero sus rostros no serán olvidados jamás por quienes las conocieron por fotos en tan terribles circunstancias.


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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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