lunes, 3 de diciembre de 2012


Las señoras de mi barrio tratan de comprender al vecino.

Se levantan en la mañana y cuando el sol permite que la sombra cobije sus figuras, llaman a Dinki, su perrito peluche, y se sientan a hablar de lo que pasa en la calle, de si llegó Pedrito o se fue Sarita, de los nuevos planes de este año, de la última noticia en la televisión...

Y Dinki parece agradecer este tipo de conversaciones. Se está muy tranquilo entre los brazos de su dueña, y mira al vecino, y ladra al extraño que camina frente a él como un celoso guardián que vela por lo que se habla a su alrededor.

Cada día, después de los quehacer hogareños, en las apacibles mañana y atardeceres, las señoras de mi barrio hacen el mismo ritual, cual compromiso con su cuadra y sus vecinos, con ellas mismas.

Y la gente las saludan, y les preguntan sobre las últimas noticias del barrio, de la cuadra, y hasta de la ciudad. Y ellas se sienten importantes, y hablan y descubren hechos y marcan pautas en determinados temas, porque saben que su labor es reconocida por quienes las ven frente a su casa, en una posición bonita, acogedora, que incita a la conversación.

Así son las señoras de mi barrio, dos elementos imprescindibles de mi cuadra, que añora su presencia cuando se demoran un poco en salir, porque ellas y su mascota, se han convertido en algo natural para el vecindario, que la ven con buenos ojos, con los ojos del corazón.
 


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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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