lunes, 13 de mayo de 2013



Antonio Morales, junto a su esposa Gisela, y sus dos lindos hijos.
No recuerdo exactamente cuándo conocí a Antonio Morales Arteaga, creo que fue a inicios de los 80 del pasado siglo, cuando comenzó a trabajar como diseñador en el entonces diario 26, de la oriental provincia de Las Tunas, medio en el que yo laboraba como fotorreportero, creo, porque después pasé al equipo de redactores-reporteros. Pero bien, eso es lo menos importante.

Lo trascendente es que Ñico y yo enseguida nos hicimos amigos, porque había una empatía tremenda entre nosotros, y ambos teníamos muchas cosas en común: nos gustaba la música, la literatura, el arte, la escultura, el Periodismo, la fotografía, y nos sentíamos felices cuando nos dábamos unos tragos en un círculo de amigos del propio periódico, y entonces él se entonaba y comenzaba a cantar aquellos bellos tangos de Gardel, y nos daban las tantas en aquel goce de la juventud medio loca.

Y así pasó el tiempo, y me hice amigo de sus hermanos, y conocí a sus padres en aquella acogedora finquita de San Agustín de Aguará, en Holguín, donde los plátanos machos crecían frondosos, y siempre hubo una gran admiración de ambas partes, y no fueron pocas las discusiones que nos buscábamos uno en defensa del otro pues por nuestra propia inmadurez a veces podíamos ser criticados por una determinada indisciplina, dentro del seno de la Juventud Comunista, en la cual creo militábamos por entonces.

Ya después, Ñico dejó de trabajar en el periódico y se dedicó a la escultura, porque en verdad tenía unas manos prodigiosas para esa que clasifica como una de las bellas artes, y nos veíamos poco, pero siempre nos acordábamos uno del otro y nos saludábamos por terceras personas allegadas a uno o a otro, hasta que un día supe que se iba a vivir a los Estados Unidos, a probar suerte, según creo me dijo, y no abundamos mucho en sus razones porque era su decisión, pero en el fondo yo sabía que se iba por una de sus aventuras locas, o vaya usted a saber.

Lo que sé a ciencia cierta es que Ñico era revolucionario por naturaleza, aunque podía discrepar de algo de lo que pasaba en nuestro país desde el punto de vista económico, pero amante de su tierra sé que lo era aun cuando decidiera vivir fuera de Cuba.

Ya después de vivir en los Estados Unidos, sabía de él por sus hermanos, porque en el fondo nuestra amistad es la misma, y lo volví a encontrar un día cualquiera en facebook, y a cada rato hablamos, pero sobre todo, leo todo cuánto escribe en esa red, y no son pocas las veces que se ha enfrentado a quienes de manera desfachatada arremeten contra Cuba olvidando sus raíces.

Por eso quiero, con su permiso, reproducir algo que un día cualquiera publicó en su muro, en respuesta a uno de esos que sienten un odio visceral por el país que los vio nacer y como muestra de la esencia de su pensamiento, aunque viva fuera de Cuba. He aquí sus palabra, que es decir, su pensamiento:

“Yo hable mal de Fidel Castro, allá en Cuba. Y pensé muy mal del Socialismo, allá en Cuba. Pero cuando llegue al Monstruo y le conocí las entrañas, jamás volví a criticar a mi país, ni a su Revolución. Cuando conocí los enemigos de Castro, cuando vi el odio que le tienen a todos los latinoamericanos, que le dicen indios. Menosprecian a todos los pueblos de América Latina. Solo sienten devoción por las Botas del Tío Sam y viven de la añoranza de una Cuba con Batista.

“Cuando conocí mis compatriotas de Miami, que son seres rabiosos, defensores de lo injusto a voz en cuello... Que sienten necesidad de odiar a diestra y siniestra. Son devotos al odio!!! Los que llegan primero odian al que viene después. Odian al que no nació en la capital del país y unos a otros... Jamás volví ni hablar, ni pensar mal de Fidel!!! 

“Y más cuando vi la farsante democracia de América Latina. Y cómo viven de explotados y olvidados, los países hermanos. QUE NO SON SOCIALISTAS!!! (Sé que muchos se hacen los ciegos y no quieren ver esto. Y como le sienten menosprecio a los latinoamericanos, no les duele que vivan en tan penosas situaciones)”.




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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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