lunes, 5 de agosto de 2013

La pequeña Elizabeth, vendiendo ajíes en un mercado, junto a su madre. (Foto: Ahmed Velázquez)
Todos los días las lágrimas de la pequeña Elizabeth se aventuran en un recorrido que ya es habitual. En Accra, Wa, Nandom, Lawra, Nadwolí..., en cualquier parte de Ghana, país del África subsahariana, la mayoría de los niños no conocen su infancia. La mayor parte de ellos anda con sus madres, que luchan por sobrevivir.

Desde que tienen solo meses los pequeños cabalgan sobre la espalda de sus madres. Desde muy pequeños no saben de juguetes, ni de juegos, ni del disfrute de esa inocencia que debe caracterizar a todo niño.


Hay en el niño africano una melancolía que se refleja en su mirada, una dosis de incomprensión que va más allá de su razonamiento. Y cuando ven a alguien que puede detener momentáneamente su monotonía, sonríen con tristeza, le estrechan la mano y le hablan en su dialecto. Después, cuando el visitante se marcha, vuelve la melancolía a corroerles y dicen adiós con un rostro que se vuelve indescriptible.

Como los seres más débiles, la vida de los pequeños es incierta. La malaria es constante. Junto a las mordeduras de serpientes, la anemia y las complicaciones respiratorias son las principales causas de muerte. Otras enfermedades perfectamente curables también terminan con la inocencia de quienes debían ser la alegría del continente.

El niño es el verdadero dolor de África.


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