lunes, 2 de septiembre de 2013



El inicio de cada curso escolar es un momento de alegría y nostalgia. Alegría por la nueva etapa docente, en que los niños, adolescentes y jóvenes conocen a personas diferentes, aprenden contenidos nuevos, y avanzan en sus propios estudios, y melancolía por el período vacacional con sus viajes a las playas, los centros turísticos, a otras provincias y lugares nunca antes conocidos.

Pero siempre la nostalgia es breve, y lo que se erige sobre cada quien, lo que al final perdura es la etapa inédita de cada uno: el niño que se estrena como estudiante, el que pasa de grado, el que inicia una nueva enseñanza, el que traspasa por vez primera las puertas de la Universidad.

Un hervidero de risas y felicidad lo es siempre el primer día de clases, en un septiembre caluroso, y los estudiantes, con sus uniformes impecables o vestidos con lo mejor de eso que llaman ropa de calle en el caso de la Enseñanza Superior, acuden a sus centros con muchas expectativas en todo la amplitud de la palabra.


En mis tiempos de estudiante recuerdo que cada vez que llegaba el primer día de clases, los integrantes del círculo más estrecho de amigos llegábamos a la escuela con la mira puesta en los que entraban nuevos, y un paneo rápido de la mirada descubría las muchachas más bonitas, y los mosqueteros de entonces, que en mi caso éramos cuatro o cinco, comenzábamos a disputarnos a la más linda, sin que ni si quiera ella tuviera conocimiento, porque todo era en planes.

Además, estábamos al tanto de los nuevos profesores y en mi caso particular me preocupaba muchísimo por el (la) de Matemática, asignatura que no me entraba ni a martillazos.

Después venían las presentaciones, los sueños inmediatos, los planes para ahora mismo, la cita con la muchacha para la salida, el rechazo de algunas por una inusitada frescura por la prisa del acto, y luego, el mapa curricular del año en cuestión, porque ese no había quien lo cambiara, aunque no nos gustase.

Y así, aquel primer día de clases era el más importante de todo un curso escolar, porque de esa primera fecha dependían un montón de cosas que podían hacerse realidad o no, pero uno sentía el sabor de lindos sueños tanto personal como académicamente, y se trazaba el futuro en nuestra mente, y siempre ese día había una gran satisfacción, porque las insatisfacciones quedaban para el otro día, pues la primera jornada era de alegría y felicidad. Y por eso, aunque pasen los años, nadie la olvida cuando hace una retrospectiva de la vida escolar, de la niñez, la adolescencia y la primera juventud, las etapas que marcan a uno para siempre.

De ahí que el primer día de clases, todos los vivimos de forma parecida, es decir, con la alegría renovada, aunque ya estemos graduados, o estemos viejos, o no tengamos que ver con la docencia, porque o somos padres de escolares, o tenemos hermanos, o sobrinos, o vecinos, o simplemente vemos pasar a quienes desde muy tempranito marchan a las aulas vestidos impecablemente, con los más diversos colores y gamas de uniformes.



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