sábado, 28 de diciembre de 2013

José Luis Dimas es un hombre alto, con una sonrisa amplia, que la mayor parte del día anda con su machete en la mano recorriendo su pequeña finca, ubicada en el  asentamiento poblacional de Mina, municipio de Majibacoa, en la oriental provincia de Las Tunas, que un día cualquiera lo vio llegar para quedarse labrando la tierra.

Ahora que se lo pregunto, lo piensa un instante y recuerda el día en fue a averiguar todo lo relacionado con el Decreto Ley 259 para que le dieran unas tierras destinadas a producir alimentos.


De eso ya hace unos ocho años, y hoy se para en la punta de su tierra y mira el horizonte y contempla orgulloso los cultivos que ha logrado con los programas Soberanía alimentaria y Lucha contra la anemia, mediante los cuales produce “todo lo que sea comida”, tanto para la comunidad como para lo que decidan quienes tienen la responsabilidad de la distribución en la granja urbana.

Él es hijo de campesino pero nunca había trabajado la tierra, porque estudió comunicaciones y echó la mayor parte de su vida en esos menesteres, hasta que un día retornó a La Silvia, otro poblado del municipio de Majibacoa, donde nació y creció, y le comentó a su familia que se iba a cultivar la tierra, y se quedaron mirándolo asombrados, porque él siempre le había huido al campo.

Y así llegó a Mina, y le chocó un poco el primer día, cuando vio las tierras que le habían asignado sin muchas condiciones, y hasta dudó un momento de su decisión, pero hombre decidido al fin, comenzó a levantar su casita, pegada a sus hectáreas productivas, y entre él, su bella y joven mujer y su hijo mayor, erigieron aquel rústico hogar, que con el tiempo se ha convertido no solo en su morada, sino en su nido de amor, donde pasa las noches feliz, en compañía de su esposa y rodeado por su monte.

Hoy las viandas y hortalizas, el banco de semillas botánicas, los árboles frutales y hasta una siembra de tabaco, se codean con Dimas junto al sol y al viento, las lluvias generosas que alguna vez llegan, y los sistemas de riego que acarician cada cultivo en el empeño de hacerlos crecer.

También él mismo se asombra de todo lo que ha aprendido, porque aun siendo hijo de campesinos conocía muy poco del campo y sus secretos, porque desde que creció quiso convertirse en hombre de ciudad, pero gracias a su empeño y su constancia, y a especialistas de la Universidad Lenin, que han llegado con sus estudios e investigaciones se ha pertrechado de conocimientos para hacer mejor su labor.

Su mayor satisfacción ahora es ver los resultados que alcanza con su empeño, y cree que es lo mejor de su vida en materia de trabajo, y así se lo inculca a sus cuatro hijos, y se levanta todos los días antes del primer grito de la aurora, toma su buchito de café, al lado de su bella esposa, coge el machete como eterno compañero y sale a desafiar la tierra y sus arcanos, para ayudar a la alimentación de los demás, y con la convicción de que así estará hasta el fin de los tiempos.


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