domingo, 15 de diciembre de 2013



Dicen que fue el Héroe Nacional de Cuba, José Martí, quien lo dijo: para ser hombre, hay que sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro, aunque hace unos días un colega me aseguró que el más universal de los cubanos nunca dijo eso.

Lo cierto es que desde que tengo uso de razón siempre he escuchado esa supuesta sentencia martiana en boca de muchas personas, y aun cuando no lo haya dicho en su extensa y abarcadora obra, lo tomo como mío, por el simple hecho de que siempre me he vanagloriado de que soy un hombre por esas tres razones, y crece mi estatura porque el libro que terminé de escribir en 2002, unos meses después de mi regreso de África fue publicado por la Editorial Pablo de la Torriente Brau, de la Unión de Periodistas de Cuba.
Ha sido una emoción inmensa el que ese texto salido de mí viera la luz. Y el recorrido por el África subsahariana de cuatro periodistas cubanos (de tantos y tantos) está en tinta y papel para la posteridad, y más que eso, que las bellas historias de vida de los médicos cubanos que en 2000-2001 entregaron lo mejor de su existencia por la causa de los más pobres de Ghana, una de las naciones más empobrecidas del olvidado continente, están ahí, para que sean conocidas y aquilatadas por los lectores.

De un tirón he vuelto a leer sus 110 páginas y he vivido con intensidad aquellos meses en que recorrimos un país en el que Cuba cabe tres veces, siempre en transporte público, en las más intrincadas zonas de la selva africana, en busca del galeno que protagonizaba historias excepcionales por la grandeza de su gesto.


Y me he visto nuevamente junto a Armando Santana, periodista de Ciego de Ávila, José Luis Blanco, sonidista de Guantánamo y el más entrañable de todos: mi desaparecido amigo y fotorreportero Ahmed Velázquez, a quien la muerte le jugó una mala pasada en 2004 y nos lo arrebató cuando solo tenía 39 años y su labor profesional andaba por las nubes en Granma Internacional y GranmaNacional.

Hoy leo el texto y otra vez vivo la intensidad de aquel recorrido iniciado en la noche del 29 de junio del 2001, cuando salimos hacia Europa y después de tres días de escala en París y Londres, viajamos a Ghana, con el objetivo de darle cobertura informativa para la prensa plana, radial y digital a la labor de los 154 integrantes del Programa Integral de Salud que trabajan en ese país del África subsahariana.

En mi nota necesaria escribí que sin ninguna experiencia en este tipo de labor, ni haber salido antes de Cuba, marchamos hacia ese continente como quien parte hacia una aventura a la que ya se está acostumbrado, con el único conocimiento sobre África que el leído en los libros o conocido por las noticias, pero sin una conciencia real de lo que en verdad son esas tierras rojas que cautivan y agreden, que marcan para siempre a quienes las visitan, lo cual llegamos a saber sobre la marcha, cuando vivimos la terrible pobreza y vimos morir a niños por enfermedades curables.

En Ghana estuvimos con los médicos por donde nadie pasa o llega, en lo más intrincado de la selva, en constante lucha contra la hostilidad del medio ambiente, en un peligroso enfrentamiento contra la tuberculosis y el SIDA, enfermedades empeñadas en hacer desaparecer a la población de este continente.

Estoy seguro de que en otras partes del mundo también los profesionales cubanos hacen grandes hazañas; pero África es diferente, porque incluso la pobreza, el medio y la idiosincrasia son diferentes, lo que hace mayor la proeza de hombres y mujeres de todas las edades que, como los 154 que laboraban en Ghana en aquella época, están regados por ese continente, silencioso o silenciado, llenando de amor cada hospital y comunidad, rompiendo con su simiente el silencio de la tierra roja.

Cada vez que veo el libro me pongo como un muchacho con un juguete nuevo, pero más allá, me siento contento como profesional y como persona, porque el hijo engendrado nació hace ya algunos años y ha crecido. Y eso me enorgullece.


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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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