jueves, 17 de abril de 2014



Nunca tuve la suerte de ver en persona a Gabriel García Márquez, aunque siempre he sentido tenerlo muy cerca. Y desde que comencé en el Periodismo, fue mi paradigma y recuerdo que en el periódico 26, donde inicié en el mejor oficio del mundo, como una vez dijo, quería parecerme a él en aquellas crónicas de domingo que incluía en la página dos del diario.

Después comencé a leer cada una de sus obras, y me encontré Cien años de soledad, y recuerdo que de vez en vez me perdía con tantos personajes y volvía atrás, para precisar un nombre, un hecho.

Mas, aunque disfruté mucho del texto que le dio el Premio Nobel, con el que más quedé impactado fue con El amor en los tiempos del cólera, con todas aquellas peripecias de Florentino Ariza y Fermina Daza que florecieron finalmente después de tanta vida, de tanto obstáculo.

No obstante, y a decir verdad, el buen lector siempre disfruta cada texto de El Gabo, y yo, como buen lector, he disfrutado cada libro de él que me cae a mano, y hasta vuelvo a releer no solo a Cien años de soledad y El amor…, sino Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, Clandestino en Chile, Del amor y otros demonios, Relato de un náufrago…, que cuenta la historia de los diez días que pasó a la deriva en la balsa sin comer ni beber, hasta que llegó moribundo y exhausto a una playa cercana a Mulatos, una localidad de Colombia. Desde allí es acompañado por un séquito de cientos de personas hasta San Juan de Uraba, donde visita a un médico y es trasladado a Cartagena, donde su familia lo espera.

Hoy mismo, esta mañana, frente a mis alumnos de un diplomado de Periodismo radial, cuando hablaba de la crónica periodística por supuesto que tuve que mencionar el nombre de El Gabo, y hablamos un rato de él, de sus excepcionales condiciones como escritor y periodista, sin saber que era el último día de su vida, y ese momento, ese instante más bien, se me antoja como nuestro pequeño homenaje a este hombre extraordinario.

Y ahora que ha muerto, también se me antoja parafrasear al Héroe Nacional de Cuba, José Martí, cuando aseguraba que la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, porque El Gabo cumplió su existencia con creces, a lo largo de sus 87 años, durante los cuales no todo fue felicidad, porque él, a quien alguien ya calificó como el colombiano más grande de todos los tiempos, marcó el camino para siempre, con su prosa clara, mágica, divina, capaz de envolvernos con su Realismo mágico en todo su esplendor, pero transitando caminos llenos de obstáculos.


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