domingo, 12 de abril de 2015

No hay nada más bello que un poema, ni siquiera una mujer desnuda.

En eso pienso cuando leo los Poemas necesarios seleccionados y prologados por el reconocido escritor Antonio Guitérrez Rodríguez, que ha tenido la brillante idea de reunir en un texto útil, aquellos versos de poetas tuneros que le cantan al amor en sus más disímiles facetas: a la pareja, la madre, el padre, o como dice el propio autor, poemas que sirven para besar la mejilla, para enamorar, felicitar o emprender vuelo mediante una tarjeta de fin de año.

“La poesía toda es necesaria para la vida; en momentos difíciles salvan el espíritu y en los buenos alimenta”, expresa en el prólogo Gutiérrez Rodríguez con esa prosa que solo los poetas pueden lograr.

Y es muy cierto. Porque a medida que el lector se adentra en el texto comprende mejor el porqué Henry Rodríguez Borjas no sabe adónde ir si sus pasos lo llevan a las orillas de la amada, o cómo la bella y talentosa Yelaine Martínez Herrera afirma que un corazón peregrino vale más que los diamantes y pide un beso sin ser beso, en la orgía de dos bocas que matan y consuelan; o que Lucy Maestre se consume en la fiebre y la osadía mientras sigue en el fuego todavía herida por el sexo y envuelta en el alud de unas caderas.

Gozo es saber que Odalys Leyva sueña con desiertos y una habitación rodeada de montañas con un hombre disperso en sus caderas; o escuchar a Reyna Esperanza Cruz ofreciendo la flor de la ternura y la esperanza de un año que comienza  como otro puente a una vida; o al propio autor Antonio Gutiérrez gritando la necesidad de nadar en la ternura de unas aguas, caminando dentro del orgasmo de una mujer, sombra y luz, oráculo del misterio.

Poemas necesarios de Renael González diciéndole a su madre anciana pequeña mariposa en la cocina, con una lucecita de amor en sus pupilas grises que hondo germina, al tiempo que el padre prende su tabaco en una brasa y al trabajo con prisa se encamina; y de Waldo González López con las ansias de que siembren en su pecho un lucero para que nazcan sus madrugadas; o Aleido Rodríguez Cabrera con Macondo cumplido bajo la lluvia, la soledad de vivir en un siglo así.

Con este libro me viene a la mente aquel pensamiento de Wichy Nogueras: “¿y si la poesía se valiera del poeta como el hombre madrugador del café para despertarse?; aunque en este caso, la poesía despertaría con el poeta para ponerse a soñar”. Y como casi siempre, el gran Wichy el rojo tenía razón, porque es un libro para ponerse a soñar, bello regalo de Antonio Gutiérrez y de la Editorial Sanlope, de la provincia de Las Tunas, que reúne a nueve autores tuneros para alegrar el espíritu con versos que se incrustan en las carnes.

Lo más prudente de un poeta –y vuelvo a parafrasear a Wichy- es escribir sin averiguar demasiado. Aunque en este caso, digo yo, el lector seguramente averiguará mucho más de estos autores que nos acarician con sus poemas necesarios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

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