viernes, 29 de mayo de 2015

El día que Rogelio Ricardo llegó a Las Tunas procedente de su natal Holguín, la ciudad se sonrojó de orgullo, porque enseguida descubrió a un hijo que llegaba, cual emisario que ayudaría a enrumbar los destinos de las artes plásticas del territorio, que aunque tenía algunos buenos exponentes, le faltaba líderes para encauzar el asunto.

Entonces conoció a Rafael Ferrero y Armando Hechavarría, talentosos jóvenes pero un poco mayores que él, que llegaba sin barba y con su pelo negro en la adolescencia de sus años acabado de egresar de la academia de artes plásticas, y se dedicó además de la creación artística a la enseñanza de las artes plásticas, por lo que fue decisiva su labor desde el primer momento.

Después, con el tiempo, Rogelio ratificó su condición de hijo ilustre de Las Tunas, y comenzó a crecer junto a su ciudad, que poco a poco se fue convirtiendo en la Capital de la escultura cubana, por el empuje de un grupo de jóvenes que se arrimaron a la consagrada Rita Longa, para llevar el arte bidimensional y tridimensional hasta sus últimas consecuencias.

Hoy Rogelio es una de las personalidades más queridas de Las Tunas, porque aquí no sólo ha echado su vida y su obra, sino que ha fomentado todos los empeños para que esta ciudad avance hacia el desarrollo y no solo del arte, sino en todos los sectores del saber humano.

Siempre que anda por las calles, Rogelio recibe el cariño de su pueblo, y retribuye ese amor con creces, porque todos lo paran, conversan, lo admiran, le preguntan, y él, con su paso aparentemente cansado, barba a lo medieval y su sabichosa forma de ver la vida, disfruta de su ciudad y su gente, y enrumba hacia cualquier lugar para vivir plenamente cada momento, cada detalle.´

El carisma de Rogelio Ricardo va más allá de la inmensidad de un artista de la plástica, y embruja con su pensamiento, su diálogo y su forma de reírse de sus ocurrencias, y en cada reunión de colegas le buscan la lengua que casi siempre va a parar a la diana que constituye Chucho Vega Faura, su más grande amigo, de quien habla e inventa cosas, porque para él, Chucho es una de las personas más extraordinarias que existen, y con su peculiar forma de dar cariño, lo tiene siempre presente.

En materia artística Rogelio es de los buenos, de los imprescindibles, y su obras se esparcen por la ciudad, y sus cuadros ocupan colecciones institucionales y personales no solo en Cuba, porque sus conceptos figurativos están hecho para hacer felices a los demás.

Por eso es que hay que querer irremediablemente a Rogelio Ricardo, por su obra y por su vida, por su carisma y sus atributos personales, que lo reconocen hoy como uno de los mejores hijos de esta ciudad, a la cual una vez llegó y de la cual nunca más pudo despegarse, ni siquiera cuando viaja a Paris, porque a Las Tunas no la cambia ni por la Ciudad Luz.


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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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