martes, 23 de junio de 2015

Las Tunas deja de existir como ciudad para convertirse en remanso, refugio, hogar.

Ya no es la ciudad de mis sueños ni de mi niñez, de mi adolescencia y primera juventud, cuando cada tarde buscaba un acomodo en un rincón cualquiera para pasar un rato con la novia de turno, siempre bajo el riesgo de que alguna señora me regañara por comportamientos indignos, según sus prejuicios.

Las Tunas me acompaña siempre, desde que me levanto hasta que me acuesto, desde que la recorro cada día cuando marcho o vengo del trabajo, y lejos de cansarme, siempre se me antoja distinta, acogedora, bella.

Es esta mi urbe pequeña, siempre calentita y acogedora, hospitalaria y de mujeres bellas que vienen y van y se quedan, con un paso que estremece los cimientos de su estructura, porque el paso de una dama siempre es intempestivo, interrogador.

Sé que mi ciudad no es la más bella del mundo, pero se me antoja cual París, Londres, Accra, Tamale, Kumazi, Cape Cost, y cuando he estado en esas urbes siempre Las Tunas impone su presencia, y me reclama y me sigue cautivando con el llamado de la sangre.

Así son las ciudades nativas, las que reciben tu primer grito al mundo y te ven crecer a su sombra y a su luz, con esas caricias, únicas por demás, que te levantan de la tierra en un suspiro, para hacerte saber, siempre, que serán tu hogar donde quiera que estés.


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Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.
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