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domingo, 15 de mayo de 2016

La noticia ha llegado como una bofetada acabado de levantar. Quedé un poco incrédulo cuando la vi en Facebook, y en ese instante mi memoria recorrió sus recovecos para llegar hasta el punto exacto de La Veguita, aquella escuela secundaria básica en el campo emblemática en la zona de Vázquez, cuando yo, con apenas 20 años, conocí al Juglar de Puerto Padre, un señor ya entrado en años con una guitarra a cuestas y la docencia entre sus manos.

Enseguida nació entre nosotros una amistad que sobrepasó los límites de esa palabra, porque como podía ser mi padre, Alcibiades Puig me tomó como a un hijo, al que aconsejaba todos los días ante mis ansias por conquistar a una estudiante, o ante cada idea muchas veces descabellada de los 20 años.

Y no solo me ponía la luz roja ante las alumnas. Recuerdo que cuando comencé mi relación amorosa con Ana Maura, una bella profesora mayor que yo dos o tres años, todos los días me sentaba y me daba consejos para que fuera más maduro, porque la hermosa profe era madura y yo tenía que ponerme a su altura si no quería perderla.

También Alcibiades perdía el sueño cuando conquisté a Lisy, una bella estudiante que rompió todas mis pasiones, y él siempre andaba atajándome para cuidarme porque yo era un profesor al que no se le permitían relaciones con las alumnas, y «por nada de la vida podía tener problemas», me decía con la más seria de sus caras para después echarme el brazo, sentarnos en un rincón y comenzar a cantar nuestra canciones, o mejor, sus canciones, porque yo solo lo seguía.

Fue el amor por la música y la guitarra lo que más nos unió en aquel curso escolar en La Veguita.

Después, cada uno tomó su camino y hablábamos alguna que otra vez por teléfono, hasta que se fue a vivir un largo tiempo a La Habana, pero un día volvió a su Puerto Padre natal, y llegué a su casa con su sobrino Julián Puig, y su vida y mi vida se volvieron una fiesta cuando nos vimos.

Después, grabamos juntos un documental sobre Boquerón, como espacio comunitario cultural, del cual Alcibiades y su música eran el hilo conductor, y así nos veíamos una que otra vez.

Por eso, a pesar de sus casi 90 años, me sorprendió su muerte esta mañana del 15 de mayo, justamente el Día Internacional de la Familia, a la que Alcibiades dedicó todo su amor y empeño.

Con su deceso, se va un pedazo de mi vida.

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domingo, 21 de abril de 2013



Alcibiades Puig nació para la música y desde muy pequeño aprendió a tocar la guitarra, como en una suerte o bendición que le dio ese don para lo que comenzaba a ser una larga carrera que sobrepasa las ocho décadas.

Allá por Cayo Juan Claro, en Puerto Padre, donde nació, Alcibiades comienza a escribir con solo 11 años, y junto a su inseparable guitarra, se acompañaba en aquellas letras de canciones que dejaban asombrados a los mayores, porque veían en el niño a un juglar que alegraría la vida de los demás con sus acordes y cantos.

Alcibiades siempre le ha cantado al amor, que va más allá del amor de pareja, porque para él, ese sentimiento está en toda persona sensible ante las cosas bellas, las buenas acciones, la vida misma.

Para los niños este insigne trovador ha escrito muchos textos que lindan con la poesía, y es emblemático aquel Amigo caracol, interpretado por su sobrino Aníbal, que fue premiado en el Concurso Cantándole al sol de 1992, premio que repitió un año más tarde con el tema Paloma, llévame contigo.
 
También Alcibiades tiene alma de maestro. Y durante toda su vida ha enseñado música a los niños sin pago monetario alguno, porque para él, el mejor pago es ver crecer a la esperanza y sentir el orgullo a flor de piel cuando ya de grandes los otrora chicos le llaman profe, en un gesto hermoso por tanta bondad y enseñanza.

A su Cayo Juan Claro y a su Puerto Padre Alcibiades le ha dedicado hermosas canciones, que hoy se erigen emblemáticas en la llamada Villa Azul de los Molinos, tierra que ama y donde crece aun con sus más de 80 años de vida.

Por cualquiera de sus calles se puede ver a este juglar, siempre con su guitarra a la espalda, repartiendo vida y esperanza entre los demás, mostrando cuan rica puede ser la existencia aunque se haya vivido más de ocho décadas de fecundo hacer, en cualquier lugar donde alguien lo detenga para pedirle una canción, y él, presto y emprendedor, solo tiene que desenfundar su guitarra para complacer a su público, que lo quiere y lo respeta, y lo tiene en el escalón más alto de su música, porque Puerto Padre, tierra bañada por la cultura cubana, tiene a Alcibiades Puig como a uno de sus más excepcionales hijos.


Desde mi orilla

Este es mi espacio personal para el diálogo con personas de buena voluntad de todo el mundo. No soy dueño de la verdad, sino defensor de ella. Vivo en un país libre y siento orgullo de ser cubano.

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