
Llovía
a cántaros en los campos de La Habana, capital de Cuba, y en el medio del monte
un joven, aterrado por la tormenta eléctrica, encontró una cueva en la que se
guareció del mal tiempo.
Era
una cueva pequeña y aun con la tarde gris podía ver parte de aquella caverna
que nunca había visto, aun cuando se conocía al detalle cada palmo del lugar.
Como
joven intruso...